Por David el 02 de abril de 2010
Me veo reflejado en su bola de cristal mientras, paso a paso, va descubriendo y contándome fragmentos de mi vida. Va desgranando mis secretos uno a uno y yo solo puedo mirarla con cara de imbécil.
—No creo en la magia, —le digo.
Ella simplemente sonríe y sujeta mi mano. Con delicadeza la coloca sobre la bola de cristal y poco a poco, voy viviendo de nuevo todos esos secretos. Veo mi vida abriéndose como el capullo de una rosa, cada hoja representando un momento, una decisión tomada: aquí es cuando no la llamé, ahí es aquel beso que no di, un poco más allá el día que casi fui. Cuando las imágenes paran la miro a los ojos y la veo, mirándome solo con pena.
—No me has enseñado mi futuro, solo mi pasado.
—Pero puedo ver que estás destinado a repetirlo, —me dice, con una lágrima cayéndole por la mejilla.
—Me niego a creerlo, no creo en la magia.
—Ah, hijo mío, —me dice acercando sus manos a mi cara. Me aparto por instinto, por miedo a ser tocado. Ella vuelve a su posición inicial, algo alejada y altiva. Cuando vuelve a hablar, su voz es más ronca, más profunda que nunca y, por fin, la creo.
—El problema es que la magia sí que cree en ti, hijo mío.