Por David el 01 de marzo de 2011
Según entro en el bar, veo a Sánchez sentado en su sitio de siempre. Reconozco la escena, porque he estado mil veces aquí, la misma rutina, la misma rutina y la misma gente. El sitio huele a metal y aceite, el último sitio en el que pediría un trago, pero mi trabajo me sigue trayendo aquí. Me siento a su lado y miro por la ventana, a través de la cual solo se puede ver un baldío yermo. Sánchez siempre insiste que el paisaje que nos rodea es debido al invierno nuclear y yo siempre le respondo que se equivoca, que en la gran guerra ya habíamos olvidado las nucleares. Una vez intenté explicarle que la mayor parte de la superficie de Rusia está cubierta por una capa de cristal causada por bombas frías y catapultas electromagnéticas, solo me miró y dijo en voz baja: “no, chico, no sabes de que estás hablando… Fueron nucleares, como en los sesenta.”
El camarero me da una cerveza sin preguntar. No tienen nada más en este sitio y el agua es tóxica aún. Me acaricio el pelo. Este sitio aún me pone nervioso, me siento incómodo y fuera de lugar. Los psicólogos me convencen de que es normal, dadas las circunstancias, pero cada vez que entro siento ganas de agarrar a todos los que están aquí bebiendo y comenzar a agitarles mientras les pido que despierten. Un trago largo a mi cerveza calma mis ganas de gritar y me permite estar preparado para cuando Sánchez comienza a hablar.
—¿Sabes cuál es el sonido que hace un ángel, muchacho?
La pregunta siempre me coge desprevenido, aunque la he escuchado mil veces.
—No, —le miento. —¿Cuál es el sonido que hace un ángel?
—Tut tut tut tut… —dice a voz en grito, mientras escupe parte de su cerveza por la barra. El camarero le mira, pero no se preocupa en limpiarlo. Yo dejo que se me escape una sonrisa y contesto.
—Eso es un helicóptero, no un ángel.
—Cuando estabas ahí fuera, con cientos de escarabajos y mosquitos arrancándote la carne, era la misma cosa.
Escarabajos y mosquitos, así llamaban los soldados a los enjambres de micromáquinas que nuestros enemigos usaban contra nosotros en tierra. En órbita, los satélites y las catapultas orbitales eran tirachinas. Los nanoenjambres eran la parca. Solo puedo imaginarme que significó para Sánchez la guerra, atrapado en la Tierra. Para los que la vivimos desde Luna o Marte fue una pesadilla. Para ellos, que la sintieron en sus carnes, que la olieron… Para ellos aún lo era. Vuelvo a mi cerveza, que continúa estando igual de caliente que antes, para tomar fuerzas antes de continuar con mi trabajo.
—Háblame de tus ángeles, —le digo. Por un momento levanta la cabeza y me mira con sus ojos, cansados e inexpresivos, como si hubiera gastado toda su capacidad de emoción en el pasado. Enseguida vuelve a su vaso y comienza a hablar.
—Estábamos en algún lugar entre Valencia y Madrid. Recuerdo que Victor siempre decía que el olor a barbacoa que se olía siempre era porque Madrid estaba ardiendo, supongo que tenía razón, supongo que eran nucleares. El caso es que estábamos haciendo cena, porque habíamos pillado unos conejos. Era de las pocas zonas de España que quedaban limpias y según habíamos oído en la radio, teníamos un pueblo seguro a unos doscientos kilómetros, de modo que fuimos para allá. La otra opción era esperar a morir.
Permanezco quieto, escuchando la historia que he escuchado tantas veces ya, intentando encontrar algo que no haya escuchado antes, o algún nuevo dato que me permita localizar dónde pasó.
—El caso es que solo nos enteremos de que estaba pasando porque Victor no dormía nunca. Creo que por eso estaba tocado de aquí, —Sánchez se toca en la sien con dos dedos mientras habla. —Como no dormía, fue el primero en notarlo. Algo raro estaba pasando con Gus, de modo que se acercó y empezó a moverlo. Los bichos se dieron cuenta enseguida, pero al contrario que a Gus no le pillaron frito y Victor tuvo tiempo de gritar. Cuando abrí los ojos, se estaba agarrando un muñón sangriento, se le habían comido el brazo en menos de un segundo. Para cuando estábamos todos en pie y con los rifles, ya le habían arrancado medio cuerpo. Como pirañas…
—Echamos a correr, —continúa. —La ventaja de las máquinas es que son muy cabezotas y si no las tocabas, como hizo Victor, te dejaban en paz hasta haber terminado lo suyo. Cogimos el jeep y salimos a toda leche. Te juro que aún podíamos oír a Victor gritando varios kilómetros después. Entonces es cuando Matías dijo que teníamos que parar. Imagínate como nos pusimos nosotros. Por poco no le reviento la cabeza allí mismo, pero había algo en su forma de decirlo. ¿Has notado esas veces, cuando está todo el mundo borracho, que de repente alguien se para y dice algo en voz baja, pero todo el mundo se para y le escucha? Ese era el tono que tenía. Recuerdo que el otro chaval, que nunca me acuerdo de su nombre le dijo que el pueblo tenía que estar ya muy cerca. Y entonces, blanco como un fantasma, Matías dijo lo que ninguno queríamos oír. Podían seguirnos, si llegábamos al pueblo, condenábamos a todos los que estuvieran allí. Si encontrábamos un lugar seguro, dejaría de serlo.
Hace una pausa. Mira al camarero y le pide otras dos cervezas. Me mira de nuevo antes de seguir y por un momento me parece verlo dudar, como si esta vez me reconociese. Entonces da un trago largo, que vacía su vaso casi a la mitad y continúa.
—Cuando sabes que vas a morir, todo te da igual. Se te pueden cruzar los cables, puedes quedarte quieto, como si ya estuvieras muerto, eso es lo que hizo Matías. Yo me eché a reír. No sé por qué, pero me eché a reír y no podía parar. Nos atrincheramos con explosivos e hicimos un trato. El último vivo le daba al botón, llevábamos nitro como para volar un cráter del tamaño de Melilla, y lo íbamos a usar. Íbamos a pegarles de tiros a los bichos hasta que no quedasen balas y luego cargarnos a todos los que pudiéramos. Y entonces esperamos.
Aquí siempre hacía una pausa. Aquí siempre se me ponían los pelos de punta. Había revisado fechas y datos para cuadrar su historia y sabía que en ese mismo momento, mientras él esperaba a la muerte, yo estaba despertando en Marte con mi novia diciéndome que tenía que conectarme, que había pasado algo horrible en la Tierra. La guerra fue así de rápida, cuando nos dimos cuenta que estaba pasando, ya había terminado. Me lo imaginaba esperando en el desierto, mirando a las estrellas y quizá viendo ese punto rojo donde yo estaba entonces.
—Los escuchamos cuando casi estaba amaneciendo. Un zumbido horrible, pero al que nos habíamos acostumbrado. Comenzamos a disparar incluso antes de verlos. Sabíamos que importaba tan poco. Los primeros bichos se estaban colando en nuestra trinchera cuando de repente escuchamos a los ángeles.
—Los americanos, —le interrumpo.
—Los americanos. Comenzaron a soltar fuego, tenían algún tipo de lanzallamas y era muy efectivo. Les gritábamos que queríamos una escalera pero solo nos miraban, uno tenía una especie de láser con el que nos apuntó a los tres. Cuando termina lo mira y se vuelve al gordo, que llevaba colores de capitán y le dice “infectados”.
—Infectados, —aquí solo repito ya sus palabras, porque él ha dejado de prestarme atención.
—Infectados… Y con las mismas el gordo saca la pistola y ¡bum! Le vuela la cabeza a Matías.
Se queda callado y apura de un trago la cerveza que le queda, se vuelve al camarero y le pide que le llene de nuevo.
—¿Qué pasó entonces? —pregunto.
—Ni puta idea. Imagino que nos sacaron de allí, pero no lo recuerdo bien.
—Imaginas que os sacaron.
—Claro, así llegué hasta aquí, ¿no? Nos sacaron, nos curaron lo que coño fuera que nos infectó y nos soltaron después de que ganásemos la guerra.
—Sánchez, la guerra la perdimos, —le digo. Este momento siempre es el más duro para mi.
—Mis cojones la perdimos, seguimos vivos, ¿no?
—No, todo esto es una simulación. Solo conseguimos recuperar parte de tu cerebro. Necesitamos saber que querían decir los americanos cuando dijeron lo de “infectado”, necesitamos saber dónde estabais para encontrar vuestros cuerpos e intentar recuperar vuestras mentes completas. Necesito saber que más recuerdas.
Me mira de nuevo, con esos ojos que han gastado toda la emoción posible.
—Tú estás gilipollas, muchacho, —me dice.
Vuelvo a mirar mi vaso y apuro la cerveza que queda, deseando poder emborracharme. Miro a mi alrededor y veo a otro montón de soldados recuperados parcialmente. Todos ellos son solo fragmentos de las personas que un día fueron, todos ellos son piezas de un puzzle que necesito resolver con urgencia. Ya hemos perdido la Tierra, así que necesitamos saber como defendernos cuando los bichos decidan salir de ella y venir hasta nosotros.
Ambientado (de nuevo) en el universo de Eclipse Phase.