Por David el 01 de enero de 2010
Cogí otra cerveza de la nevera portátil y la abrí mirando a la playa. El mar estaba calmado, casi invitando a que nos metiéramos en él. Por suerte el frío me quitó enseguida esa idea de la cabeza. Meterse en ese agua helada debía ser una locura, casi un suicidio. Detrás mía, ella bailaba con el suave sonido del mar y una melodía que solo ella podía escuchar.
Le dije que únicamente me odiaba a mi mismo cada noche que tenía que irme a la cama solo.
O bien no me escuchó o bien decidió ignorarme pues siguió bailando sin decir una sola palabra. Una pequeña brisa se levantó, recordándonos a que altura del año estábamos. El frío estaba empezando a molestarme, pero ella seguía igual de grácil, igual de mágica e igual de desnuda.
Le dije que por mucho que lo intenté, jamás conseguí crecer y madurar.
Sonrió, creo que por compromiso. Y como siempre que lo hacía me enamoré de ella. Deseé tener las fuerzas para levantarme, para desnudarme con ella y bailar a su lado, pero en lugar de eso, apuré lo que me quedaba de cerveza y seguí mirándola, con más amor que deseo.
Le dije: "¿Sabes? Creo que todo sería mucho más fácil para mí si fueses real."
Y así, sin dejar de sonreír ni de bailar, se fue metiendo paso a paso en el mar, de donde nunca más salió.