Por David el 31 de julio de 2009
Cuando por fin llegamos al pozo al que nos trajo el perro, descubrimos que estaba vacío.
Uno de nosotros comenzó a gritar de rabia, dándole patadas a las piedras que encontraba. Otra lloraba, desesperada, mientras que se cubría la boca con una mano y yo, yo empecé a reírme a carcajadas. Enseguida me preguntaron el por qué.
"El pozo no está vacío," les dije. "Está lleno de esperanza."