Por David el 16 de abril de 2010
Conocí a Berto en un parque. Yo estaba sentado contando en voz baja los motivos que tenía para no quitarme la vida cuando se sentó a mi lado.
—Tú también sueñas con jaulas, ¿verdad? —preguntó.
El cabrón sonreía mientras hablaba, siempre. Eso le hacía parecer prepotente, un chulo. El hecho de que normalmente tuviera razón no ayudaba.
—¿Por qué preguntas? —le dije.
—Porque quiero ayudarte. Ese es mi trabajo, destruyo jaulas en los sueños, —me dio una tarjeta de visita con su nombre y un dibujo de él vestido como Conan.
—No pienso comprarte nada, —dije.
—Me parece perfecto, porque yo no vendo nada.
—¿Entonces?
—Sencillamente eso, —me dijo. —Cuando sueñas con jaulas es porque te sientes atrapado, ¿no es así? ¿Te gustaría ser libre?
—…, —dije.
—Veo que no, no te preocupes, olvida que he dicho nada.
Se levantó para irse, pero le sujete por la chaqueta.
—¿A qué te refieres exactamente con ser libre? —pregunté. Me miro directamente, el muy hijo de puta, sin dejar de sonreír y me lo explicó.
***
Esa noche, cerré los ojos y le vi por segunda vez. Estábamos en un páramo sin fin, donde los árboles vibraban al ritmo de unos tambores que no podíamos ver. El vestía como en su tarjeta de visita, casi desnudo, y seguía sonriendo. Cogió una espada que estaba clavada en el suelo y me miró, el muy cabrón.
—No veo las jaulas, —dijo.
—Espera un momento, —conteste.
Me senté en el suelo. Conocía demasiado bien la rutina del sueño del páramo y sabía que solo debía hacer tiempo. Los tambores se escuchaban cada vez con más fuerza y la luz iba disminuyendo. Poco a poco se hizo de noche y la arena del páramo comenzó a moverse. De entre los árboles, de debajo de las rocas, comenzaron a aparecer todo tipo de criaturas que bailaban y reían al ritmo de los tambores. Era un espectáculo increíble y aunque lo había visto cientos de veces, me seguía impresionando. Berto miraba el espectáculo sonriendo.
—No está tan mal, —me dijo. —No parece un mal sueño.
En ese momento me di cuenta de que estaba llorando. Me levanté como hacía siempre, con intención de unirme al baile y, como cada noche, choqué con el muro invisible que me separaba de las criaturas. Berto se dio cuenta enseguida y se acercó a mi lado. Comenzó a palpar la jaula de cristal que nos rodeaba.
—Bueno, voy a hacer mi trabajo, —me dijo el pedazo de hijo de puta.
***
Al día siguiente, volví a verle en el mismo banco donde le había conocido.
—Me han echado de mi curro, —le dije. —Mi novia me ha dejado, mis amigos no me hablan.
—Eres libre, —contesto.
—Estoy jodido.
Me miró sin perder la sonrisa.
—También lo estabas antes, —dijo mientras se daba la vuelta. Le sujeté por la chaqueta, evitando que se fuera.
—Quiero hacer lo mismo que tú, quiero ayudar a otra gente, —le dije sin darme cuenta de que le estaba suplicando.
—No puedes, tú no eres un héroe, —me contestó mientras se iba, el cabrón.