La vida de Marta

Por David el 20 de abril de 2010

Marta me había parecido siempre una chica preciosa. Era algo rara, como toda la gente a la que he terminado queriendo, pero muy amable y dulce. Nos conocíamos desde niños y quedábamos muy a menudo, la mayoría de las veces solo para pasear. Adoraba el aire libre y le daba igual si llovía, sia hacía sol o si nevaba. Yo la acompañaba porque me encantaba verla sonreír mientras levantaba la cabeza cerrando los ojos.
Nuestra relación alcanzó el siguiente nivel una noche de tormenta. Escuché como llamaban a mi puerta y salí para verla chorreando. Me costó darme cuenta que estaba llorando debido a que estaba empapada, de modo que le hice pasar y le ayude a entrar en calor con una toalla, una manta y una sopa. Le pregunté que había ocurrido, pero no quería hablar sobre ello, repitiendo una y otra vez que no podía volver a su casa esa noche. Jamás la había visto tan asustada y nerviosa. Le juré que la protegería de cualquier cosa y me creyó. Esa noche durmió entre mis brazos, abrazándome con fuerza, como si no quisiera soltarme nunca. Yo no pude dormir y me quedé mirándola. Dormía inquieta, moviéndose pero sin dejar de abrazarme. Vi como fruncía el ceño y me prometí a mi mismo que la haría feliz, que conseguiría alejar sus pesadillas.
Pronto comencé a sospechar que su amor por el aire libre se debía al miedo que tenía por su piso. Pasábamos casi todas las noches en mi casa y los días en la calle. Las veces que íbamos a su piso yo la esperaba fuera mientras ella recogía su ropa, sus libros, lo que fuese que necesitaba. Me di cuenta de que si quería combatir sus pesadillas, debía empezar por su casa.
Una noche le confesé que quería ayudarla a superar su pánico.
—Prométeme que jamás intentarás descubrir el origen de mis miedos, —me dijo.
—¿Por qué no?
—No quiero que pases por lo mismo que yo, no quiero que sufras, mi amor.
Le prometí que no lo haría, a cambio de que me permitiese ayudarle. Le conté mi plan, según el cual pasaríamos cada vez más tiempo en su piso, convenciéndola de que no tenía nada que temer. Ella aceptó, pero noté que no compartía mi entusiasmo. Aun hicieron falta unas semanas para que nos decidiéramos a pasar la noche allí. A cambio, ese día lo pasamos entero en la playa, dónde ella se sentía más libre.
Su piso era muy pequeño. Mi primera reacción al entrar fue pensar que quizá se tratase de claustrofobia sencilla, pero sabía que de haber sido así, Marta no habría tenido problemas en decírmelo. Fue solo cuando atravesamos el pasillo hasta su cuarto que noté algo extraño. En mitad del pasillo, una escalera de mano llevaba hasta un altillo que estaba cerrado y pude ver como ella giraba la cabeza, evitando mirar en aquella dirección.
—¿A dónde lleva esta escalera? —pregunté.
—¿Qué escalera? Aquí no hay ninguna escalera.
—Esta…
En ese momento ella me abrazó con fuerza y me miró a los ojos. Pude ver que estaba llorando y realmente asustada.
—Por favor, —me dijo. —Me lo prometiste.
Me deje llevar por la manera en la que le temblaba la voz. Tiró de mí, llevándome a su cuarto. Allí me besó sin dejar de llorar y me hizo tumbarme en la cama a su lado. Mientras sus manos se perdían en mi pelo, me susurraba al oído que no quería perderme. La dejé amarme esa noche como nunca antes lo había hecho. Recorrió cada centímetro de mi piel, me beso en cada milímetro. Yo me sentía a medias culpable y a medios aterrorizado por lo que iba a hacer y creo que ella lo notó.
Se quedó dormida como la primera noche, abrazándome con fuerza, pero conseguí escapar sin despertarla, o al menos eso pensé. Cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que quizá lo supiese, quizá estuviese despierta, pero sabía que necesitaba dejarme hacer lo que iba a hacer. Salí de su cuarto y me quedé un rato delante de su escalera intentando no pensar en las películas de miedo que veía de niño. Respiré hondo y subí abriendo la puerta del altillo.
La habitación estaba vacía excepto por un libro cubierto de polvo en el centro. El techo apenas me dejaba espacio para moverme a cuatro patas, pero avancé para coger y abrir el libro. Fuera lo que fuera, necesitaba encontrar el motivo de su miedo, necesitaba ayudarle. Me acomodé con dificultad y decidí comenzar por la primera página. Pronto me di cuenta que se trataba de un libro sobre su vida. Comencé a leer algunos pasajes de nuestra infancia y no pude evitar sonreír recordando algunos de nuestros mejores momentos. Según seguí leyendo, me chocó darme cuenta que los pasajes eran terriblemente vívidos. Pronto comencé a pasar las páginas en grupo, cada vez más nervioso. Una sensación extraña se apoderó de mi. Llegué a la penúltima página y comencé a leer sobre lo que había pasado esa noche, sobre como sus dedos acariciaban mi pelo y como me besaba por el cuerpo. Pasé la página y aun hoy recuerdo perfectamente el último párrafo:
“Marta lloraba, sentada sobre sus rodillas, consciente de que jamás volvería a verle. Comenzó a notar como su piel se hacía más traslúcida, como iba desapareciendo mientras se acercaba a su final. Enseguida la desesperación se apoderó de ella y se arrojó sobre la mesa. Cogió una hoja de papel e intentó hacer lo mismo con el bolígrafo, pero era demasiado tarde. Su mano atravesaba la mesa, como un fantasma. Apretó los dientes y se esforzó en seguir existiendo. El dolor era insoportable, pero consiguió que su mano agarrase el bolígrafo y con un último resquicio de fuerza, pudo completar la nota que quería dejar escrita. El bolígrafo atravesó su mano y cayó al suelo mientras que ella levantaba la mirada por última vez, para mirar al cielo a través de su ventana.”
En ese momento, un ruido seco me sacó de mi ensueño. Descubrí que estaba llorando y salí como pude del altillo. Al llegar al cuarto, solo encontré un bolígrafo rodando por el suelo y una nota garabateada en la mesa. Agarré la nota y lloré mientras la leía:
“Tenía miedo a perderte, tenía miedo a perderme… Solo me daba miedo dejar de existir.”

[ Tags: mujeres, magia ]
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