Por David el 12 de agosto de 2011
—Mi madre solía decir que cuando ves una estrella fugaz, deberías pedir un deseo, —dice el chico con una voz frágil y débil. La chica le mira con condescendencia y un cansancio de meses.
—Eso no son estrellas fugaces, —contesta con cara de asco. —Son misiles.
El chico se gira, intentando levantarse de la cama, pero la herida que le atraviesa el pecho se lo impide. La chica, al verle, correo hasta él y le obliga a tumbarse de nuevo.
—No te muevas, imbécil. Aún no estás curado.
El chico respira con dificultad. Tumbado en la cama solo puede mirar hacia arriba, al cielo abierto. Si gira la cabeza puede ver las paredes de este antiguo hospital en ruinas, pero no puede dejar de ver los misiles que sobrevuelan el cielo, para perderse en una de las ciudades que aún quedan en pie. Tose escupiendo sangre. La chica, hastiada, usa un pañuelo algo sucio para limpiarle la cara.
—Perdona, —dice el chico. —No quiero causar problemas.
La chica suspira, pero no contesta. Se aleja un poco y se sienta en la camilla que queda libre. Permanece mirando al chico durante un rato, mientras este poco a poco empieza a dormirse. Cuando el pecho del chico ha adquirido un ritmo lento y pausado, la chica se tumba y mira hacia arriba. Quizá, piensa, solo quizá, una de esas estelas no sea un misil. Cierra los ojos y, por si acaso, se atreve a pensar su deseo.
Cuando abre los ojos, no recuerda haberse dormido, pero inmediatamente sabe que algo anda mal. Girando la cabeza, ve al chico inmóvil, pálido. Cuando nota que su pecho no se mueve, es cuando por fin comprende que su deseo ha sido concedido. Es entonces cuando rompe a llorar.