Saltos

Por David el 27 de abril de 2010

Jack salió corriendo por el pasillo mientras gritaba obscenidades. Detrás de él, Laura caminaba tranquila recogiendo la ropa que el viejo músico se iba quitando.
—¡El puto recuerdo de un futuro mejor nos ha hecho perder las esperanzas! —gritaba Jack.
—¡Las historias que les vamos a contar a nuestros hijos son una puta mierda! —gritaba.
—¡Necesito un cuchillo para cortarme las orejas!
Jack llegó a la sala común del hospital ya completamente desnudo y se dedicó a tocar con el pene todo aquello que pareciese comida mientras cantaba una versión de la Internacional en la que había sustituido todas las palabras por “mierda”. Laura sonrió al ver el escándalo que estaba causando. Jack había sido un genio, aunque ahora su cerebro estaba destrozado por años de abusos. Nunca había tenido demasiadas, pero había perdido todas sus inhibiciones. Los guardias de seguridad comenzaron a perseguir a Jack, pero pese a su edad, se mantenía ágil y estaba haciéndoles sudar.
—¡Tengo un puto gato encima de la cabeza que no quiere saltar!
—¡Me he follado al noventa por ciento de las mujeres que ahora tienen entre treinta y cincuenta años de Leeds!
Comenzó a mear encima de uno de las guardias y el otro aprovechó para sujetarle por detrás. Los guardias miraron a Laura, para saber si podían administrarle el sedante, y ella asintió con la cabeza. Ella tenía cuarenta y cinco años y, treinta años atrás, había tenido las paredes de su cuarto cubiertas de posters con la cara de Jack. En ocasiones le dolía pensar que ella estaba en ese diez por ciento, pero al menos había tenido la suerte de haber podido dedicarle parte de su vida. Y aunque era doloroso ver como estaba degenerando, aun tenía la capacidad de sorprender. Laura le seguía viendo como a un genio y estaba orgullosa de ser su enfermera.
—¡He escrito una canción sobre tu puta madre! —le gritó Jack a un guardia, mientras le clavaban una inyección para relajarse. Comenzó a dormirse, pero seguía murmurando entre dientes.
—A Kurt Cobain lo mandaron a la luna, en un proyecto secreto, con un grupo de concubinas, para tener muchos hijos y crear una colonia de putos dioses hippies arios de mierda que no se laven, —dijo mientras perdía todas las fuerzas.
Laura acompañó a los guardias hasta la habitación de Jack, y acarició la mejilla del anciano mientras este se dormía. Cuando creyó que se había dormido del todo se inclinó para darle un beso en los labios, antes de salir de la habitación. Apagó la luz y cerró la puerta, de modo que cuando él volvió a hablar, nadie le escuchó.
—Niña idiota, piensa en la de las cosas que habrías hecho si te hubieras enamorado de ti misma en lugar de de un gilipollas.

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