Por David el 16 de agosto de 2011
La tortuga escuchaba atentamente, mientras su agente analizaba la situación.
—Todas las apuestas están en tu contra, —le avisaba. —La liebre tiene todas las de ganar.
No cambio su gesto. Parecía importarle todo poco, o acaso todo demasiado. Tenía aspecto cansado, triste.
—Deberíamos retirarnos ahora, conservar la honra, —seguía diciendo el agente mientras que la tortuga seguía ignorándole. —En serio, estamos hablando de unas apuestas de diez mil a uno.
La tortuga hizo un movimiento de cabeza lento, casi imperceptible. El agente ni siquiera lo notó y continuó con su particular cruzada sin notar que nadie le escuchaba.
Horas después, la tortuga se había ganado un puesto en las historias y el agente no podía aún creerlo.
—No lo entiendo, —dijo. —No sé como has podido hacerlo. Era una apuesta de diez mil a uno.
Y la tortuga sonrió, sabiendo que en esos casos, nunca importan los diez mil, sino el uno. Y sobre todo, sabiendo que en este caso, el uno era la liebre que se encontraba disfrutando de su recién adquirida fortuna.