Por David el 05 de abril de 2011
Cuando llamaron a mi puerta, ni siquiera me había levantado de la cama. Abrí con más recelo que otra cosa, esperando encontrarme al cartero con otra factura urgente. En su lugar, me encontré un nutrido grupo de periodistas, con sus cámaras y micrófonos apuntándome a la cara. Al frente de todos ellos, se encontraba el que parecía su líder, un tipo bajito, con un bigote sacado de una serie policiaca de los setenta y un micrófono más grande que él. Antes de que pudiese reaccionar, me sonrió y preguntó directamente.
—Sus quince minutos de fama acaban de comenzar, señor García, ¿cuales son sus primeras impresiones?
Con esas palabras, todo el murmullo de la multitud se calmó. Todos ellos acercaron sus micrófonos a mi y me miraron, expectantes y dispuestos a grabar cualquier cosa que yo hiciese o déjase de hacer. Me tembló la voz, no me encontraba preparado para esto.
—Eh, aún no me he duchado, —intenté contestar. —Si me dejasen…
Pero antes de que hubiera acabado, todos ellos estaban copiando mis palabras, enviando la exclusiva y editando lo que acababa de decir. Mi vecino tenía la puerta abierta y estaba con sus hijas mirando el espectáculo. En su salón, pude ver la tele y los titulares que iban apareciendo en ella.
“Durísimas declaraciones de García: “Aún no me he duchado”.”
“Hoy en Diario de Tarde: ¿Ducha matutina o vespertina? El debate.”
“¿Está García promoviendo la apatía juvenil con su despreocupación por la higiene personal?”
Los periodistas seguían acosándome a preguntas, pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. En ese momento sonó mi teléfono y, al ver que era mi madre, lo cogí.
—¡Hijo mío! ¡Qué disgusto! ¿Así te he criado para que salgas en televisión hecho un cristo?
—¡Mamá! ¡No es lo que parece, luego te llamo, ¿vale?
Los titulares de la tele de mi vecino seguían insultándome.
“Garcia cuelga el teléfono a su madre. ¿Drama familiar?”
“Esta tarde entrevista con Milán Laporta, el autor de la biografía no autorizada sobre García.”
El periodista del bigote me metió el micrófono en la boca de nuevo.
—¿Qué nos puede decir de los rumores sobre su relación con Inés Lamano?
—¿Con quién?
“Garcia se hace el despistado al preguntarle sobre Ines Lamano, no desmiente la posibilidad de romance.”
“García y Lamano. ¿Planes de boda?”
Mi teléfono sonó de nuevo, está vez era mi novia. Lo cogí e inmediatamente comenzó a gritarme. Intenté defenderme como pude, pero me acusaba por mi supuesta relación con alguien a quien no conocía. Le pregunté que necesitaba hacer para que me creyese y me lo dijo.
—Podrías reconocer que me amas por televisión. Que se entere esa zorra de la Lamano de que eres solo mío.
—Claro, cariño, —contesté. —Ahora mismo lo hago.
Y me giré, por primera vez en el día con decisión y coraje, para afrontar a la bandada de cuervos que me esperaban, pero me los encontré empaquetando. El hombre del bigote se giró y se despidió de mi con la mano.
—Sus quince minutos han terminado, señor García, pase una buena tarde.
Me acerqué de nuevo el teléfono al oído y escuche a mi novia despedirme de mi para siempre.
—Una simple cosa que te pido, y no eres capaz de demostrar tu amor.
No supe que decir, no sabía que hacer y, tras cerrar la puerta, me encaminé al salón, donde me dejé caer vencido por la situación. En ese momento, mi teléfono volvió a sonar. Lo cogí con cuidado, como quien coge un arma cargada y la acerca a su sien. Al otro lado, me saludó una voz de mujer.
—Señor García, le llamamos de “Viejas Glorias”, un programa que repasa la vida de aquellos que han caído en el olvido con el paso del tiempo. Nos gustaría entrevistarle para una retrospectiva sobre su vida. ¿Podríamos concertar una cita con usted?