Por David el 15 de abril de 2011
—¿Cuántas veces habéis mirado al cielo desde que llegaron? —gritó el general. Algunos soldados miraron tímidamente hacia arriba para confirmar que las enormes naves seguían ocultando el sol. La arenga continuó.
—No sabemos nada de ellos, —gritaba el general. —No sabemos nada salvo que quien quiera que sea, de donde quiera que vengan, están esperando. No sabemos si esperan que nos rindamos pacíficamente, o que nos acostumbremos a que están ahí, pero hay algo que si sabemos. Sabemos que pueden morir.
Se volvió hacía la pantalla y activó el vídeo que había visto tantas veces desde el día anterior. En él, se veía como tras una serie de ataques, una de las naves comenzaba a descender hasta estrellarse en una enorme explosión. El sargento no pudo evitar reír.
—Esto pasó en Berlín ayer. Hemos revisado todos los registros de los cazas que atacaron. Ahora sabemos su punto débil. Sabemos que se les puede matar. Sabemos que podemos ser libres de nuevo, de modo que vamos a usar esta información para tirar primero el que tenemos encima y luego los de las ciudades vecinas. En los próximos meses, ¡recuperaremos el cielo!
Los soldados reunidos gritaron con una sola voz. Llevaban seis meses con las naves flotando sobre ellos, sin moverse ni entablar comunicación. La idea de volver a mirar al cielo y verlo azul y no cubierto con los leviatanes grises que volaban sobre todas las ciudades del planeta les llenaba de valentía. Corrieron a sus cazas, dispuestos a volver victoriosos.
***
Ninguno volvió. El ataque fue un desastre. Las naves modificaban su estructura de manera fluida y antes de que los soldados pudieran reaccionar, donde debía haber un punto débil se encontraban las mayores defensas. Uno a uno fueron derribados, no sin antes escuchar en la radio que en el resto del mundo la situación no era mejor. París, Londres, Tokyo, Nueva York, São Paulo, Tokyo, Beijing… En todo el mundo, el ejemplo de Berlín había calado hondo y la derrota, en este caso, era global.
Hibbs no murió durante el ataque. Su piloto, al que conocía desde hacía seis meses, había conseguido maniobrar con solo un motor para hacer descender el caza. El impacto hizo que al piloto recibiese un golpe en el cuello que, pese al casco, le mató en el acto. Hibbs en cambió tardó unos segundos en darse cuenta que una barra de hierro le había traspasado la barriga, forzándole a sufrir una muerte lenta.
Pudo salir del caza, dejando tras él un rastro de sangre. Se desplomó al suelo tras avanzar sin fuerzas apenas unos metros y miró hacia arriba. Las naves seguían flotando, como antes. Rabioso, intentó escupir hacia el cielo, pero el esfuerzo solo le hizo toser sangre. De repente, un desconocido se interpuso entre él y su enemigo.
—El ataque, —masculló Hibbs, más tosiendo que hablando. —Un hospital…
El desconocido se acuclilló ante él y sujetó su placa identificativa. La leyó con tranquilidad y luego la dejó caer de nuevo sobre su pecho. Sonrió pero no hizo más movimientos.
—Déjame adivinar, —le dijo al final. —En el ejército te llamaban por tu apellido. No tienes ningún rasgo por el que pudieran ponerte un mote y siendo caucasiano de clase media alta estás lo suficientemente orgulloso de tu familia para que todo el mundo te llame Hibbs, ¿verdad?
Hibbs tosió, más sangre.
—No te voy a engañar, Hibbs, no estoy aquí para ayudarte, más bien lo contrario. Verás, esos tipos de ahí arriba están esperando que la gente como tú desaparezca. Están esperando que todo nuestro odio y agresividad se diluya, para unirnos como hermanos. ¿Puedes entender eso?
El desconocido puso una mano en el hombro de Hibbs, que empezaba a notar como perdía la conciencia.
—¿Sabes que las únicas víctimas civiles se produjeron cuando la nave de Berlín cayó derribada sobre un barrio residencial? ¿Sabes que las únicas víctimas militares han sido las que han atacado primero?
Hibbs cerró los ojos, al abrirlos se dio cuenta que había perdido la visión.
—Es una pena que no puedas ver el futuro con nosotros, Hibbs, —escuchó decir al desconocido. —Va a ser sublime, pacífico.
Durante un momento, Hibbs creyó al desconocido, creyó haber tomado la decisión equivocada y lamentó haber muerto así. Pero cuando sintió la primera patada en las costillas, comprendió que todo daba igual y, en el fondo, compadeció al desconocido.