La playa

Por David el 30 de abril de 2010

Miré como despuntaba el sol por el horizonte. La brisa me traía ese olor salado que tanto había echado de manos. Dejé que mis manos escarbaran la arena, buscando esa que comienza a estar húmeda. Escuché su voz antes de verla y no pude evitar sonreír.
—Sigo sin entender por qué te gusta tanto la playa, —me dijo.
—Me recuerda a mi infancia.
Se sentó a mi lado y me pasó la botella que llevaba. La cogí sin mirar y le di un sorbo, amargo, fuerte y espeso. Aún no quería mirar en su dirección. No quería verla y ella respetó mi decisión. Se mantuvo a mi lado, sin hablar, mientras que terminaba de amanecer. Cuando finalmente la miré, estaba más guapa de lo que jamás había estado. Recordaba sus labios más apagados, menos brillantes, y su pelo había sido siempre más corto. Lo llevaba suelto, por encima de los hombros. El moreno que había llevado la vez anterior había desaparecido y volvía a ser castaña, tal y como la conocí. Tardó unos segundos en darse cuenta que la estaba mirando y me sonrió.
—Esta vez, —le dije, —quiero recordarte al despertar.
Frunció el ceño y miró a la arena. Comenzó a hacer círculos con el pie que luego borraba. Tardó un buen rato en contestar y empezó moviendo la cabeza hacia los lados.
—No, —me dijo.
—¿Por qué no?
—No quiero hacerte eso, no quiero que sufras por mi, que me eches de menos.
Volví a beber de la botella.
—No recuerdo nada de mi vida cuando estoy despierto. Solo sé que no te recuerdo y que, mientras estoy despierto, nunca recuerdo estos sueños. Es como si viviera dos vidas, sin nada que las una.
—Quizá cuando despiertes tengas una chica a la que no recuerdas aquí.
Bajé la cabeza. De algún modo sospechaba que no era así, pero no podía estar seguro.
—Quizá, —siguió diciendo, —quizá sea mucho mejor y más guapa que yo.
La miré enseguida a los ojos.
—No, —le dije. —Eso seguro que no, no puede haber nadie mejor que tú.
Sonrió tímidamente y bajó la cabeza.
—No seas idiota.
Nos quedamos en silencio de nuevo. Mi corazón palpitaba con fuerza, deseaba decirle tantas cosas y podía decirle tan pocas. Quería estar para siempre con ella, pero sabía que el despertador me arrancaría de su lado muy pronto. Le cogí la mano y se asustó. Noté que estaba temblando un poco. Volví a mirarla, cada vez más convencido de que quería quedarme con ella.
—¿Sabes? —le dije. —Estoy convencido de que no tendré a nadie a mi lado al despertar. Estoy convencido de que eres la única persona a la que voy a poder amar jamás.
Se ruborizó y miró al suelo de nuevo.
—Quizá sea yo la que despierta al lado de alguien, —me dijo.

Y justo en ese momento, mi despertador sonó y, aquella vez, sí que la recordé.

[ Tags: mujeres, magia ]
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