Por David el 19 de abril de 2011
—Respiras con miedo, con prisa; como si cada aliento fuera a ser el último.
—Lo sé, —dijo ella. —Es mi pánico a la vida.
Me senté a su lado. Dudé si cogerle la mano, o dejar que se calmase por su cuenta. Al cabo de unos segundos, levantó la cabeza y aspiró con fuerza, llenándose los pulmones. Dejó que pasaran unos segundos y exhaló. Repitió el proceso varias veces, sin mirarme durante todo el rato. Me di cuenta que tendría que haberle cogido la mano antes, pero ahora las tenía en la cintura y era demasiado tarde.
—Ya me encuentro mejor, —dijo al cabo de un rato. Yo me quedé sentado y la miré a los ojos.
—Antes te hacía falta para calmarte, —le contesté.
Sonrió, estaba mucho más animada y el miedo había pasado. —Todavía te necesito, tonto, estás aquí, ¿no?
—Bueno, este es mi pánico. No quiero dejar de serte útil.
Se sentó a mi lado, me puso las manos en las mejillas y me besó, con suavidad, en los labios.
—Encontrarás nuevas maneras de serme útil, amor, —me dijo.
—¿Y si no lo hago?
—Lo harás.
Se levantó y me alargó la mano. Yo la cogí con firmeza para ocultar mi miedo. Comenzó a andar de vuelta al mundo real, donde esperaban todas las cosas que ya no le daban miedo. En cambio yo, dejé atrás mi valentía, junto a su pánico, donde aún era útil y con miedo y con prisa, respiré como si cada aliento fuera mi último.