Por David el 15 de julio de 2011
Cuando creo que ya me he librado de él, se de la vuelta y vuelve hacia mi.
—Solo una cosa más, es algo que me parece extraño de todo esto. ¿Por qué vino a verte a ti en lugar de ir con su familia?
La pregunta que estaba temiendo.
—No lo sé, —miento. —Quizá su familia son los responsables, quizá no la trataban bien.
Se ríe, pero con una risa ronca y sin alegría.
—Te conviene decirme la verdad, chaval, —dice. —Pareces un buen chico, pero solo podré protegerte si estás de mi lado.
—No quiero que me protejas, solo quiero que hagas tu puto trabajo y la encuentres.
Las palabras salen de mi boca con toda la fuerza de una maldición. El policía lo nota, pero está demasiado preocupado por la chica para notar que estoy deseando que se vaya e insiste:
—Eso es precisamente lo que estoy intentando. Por eso necesito saber exactamente que pasó la noche que vino a verte, la noche que desapareció.
—Pues ya se lo he dicho. Llego bastante preocupada, le hice un té, se calmó y se fue. No quiso decirme que le preocupaba y yo, como buen amigo, no insistí demasiado. Quería compañía, no consejo.
El policía vuelve a mirarme a los ojos, buscando algo nuevo. Casi puedo notar su desesperación. Cuando es evidente que no hay nada más, se vuelve a despedir, tosiendo las palabras, y se aleja.
Respiro por fin. La echo de menos. La echo tanto de menos que tengo que abrir la puerta del sótano y escuchar sus gritos. El policía ya debe estar lo bastante lejos como para escucharla.