Por David el 29 de julio de 2011
Atravieso el pasillo hasta llegar a la sala central. Es enorme, la habitación más grande que he visto jamás. En el centro, se alza un trono, hecho de huesos y calaveras, todas ellas bañadas en oro. Sentado en él, hay un niño. Cuatro, cinco años a lo sumo, pero una mirada fría como el hielo. Me mira, intentando ponerme nervioso. Conozco las reglas, de modo que ignoro la presión. Le devuelvo la mirada, inpasible. Finalmente es él quien habla.
—¿Qué haces aquí?
—Usted me invitó —respondo. Su mirada cambia por un momento. Es evidente que le disgusta oírme decir eso.
—Ese no soy yo.
—Sí lo es, su Alteza. Legalmente sigue siendo usted.
—Legalmente y una mierda. Aquí no tienen sentido las reglas del mundo exterior. Solo funcionan mis reglas.
—Y según sus reglas, tras invitarme aquí, está en el deber de atenderme.
Está visiblemente cabreado ahora.
—Ese no soy yo.
—Bueno, —respondo. —Mientras no consiga la soberanía de este sitio, solo eres un avatar.
Hace una mueca. Es obvio que le he tocado la fibra sensible.
—¿Qué necesitas? —dice.
—Asilo político.
—Ni hablar, nunca conseguiré la soberanía si me pongo en contra al resto de naciones.
—No, no conseguirá la soberanía mientras esté legalmente vinculado a un cuerpo. Mientras haya alguien en el mundo real con su nombre, su cara y su identificación, nunca conseguirá que esta utopía virtual sea libre.
El niño se remueve un poco en el trono, nervioso.
—Has dicho utopía como si no creyeses en ello.
—Y no creo, —contesto.
—Entonces, ¿por qué quieres pertenecer a nosotros?
—Porque no tengo otra elección, me buscan.
—¿Y por qué te buscan?
Sonrió de nuevo, sabiendo que esto le va a gustar.
—Asesinato, muerte verdadera.
Me mira de nuevo fríamente.
—¿Y puedo saber a quien asesinaste? —pregunta.
—A usted, Alteza.