Por David el 27 de mayo de 2011
—Es fácil despertar si nunca has dormido, ¿verdad?
Le digo que no sé de que me habla.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste un sueño, que abandonaste tu necesidad de saberlo todo y tener todo bajo control?
Pienso un poco y, sin inmutarme, respondo que el Martes. Se ríe, con una sonrisa ronca que termina siendo tos.
—No me toques los huevos, Adam. Esta vez no estabas preparado, podría haberte matado y no lo hice. Seguro que quieres saber por qué.
Le digo que lo que quiero saber es como me dejó fuera de combate. Se vuelve a reír, mientras veo que un hilo de sangre le cae por la nariz.
—Eso no te voy a decir.
Sonríe, mientras que yo me señalo la nariz. Por un segundo, lo veo dudando. No quieres creerme, pero hay algo en mis ojos, en mi manera de estar tumbado. Está demasiado seguro de si mismo, por fin, pero el hecho de que aún así yo no le tengo miedo le aterra.
—Pregúntame por qué no te he matado.
Le digo que le sangra la nariz. Ahora debe de notarlo por fin. Se lleva una mano temblorosa a la cara y la mira luego, confirmando que lo que le he dicho es cierto. Ahora soy yo quien sonríe, pero él tose igualmente. Estoy contando mentalmente y en el momento preciso, el nota como la parte inferior de su cuerpo le falla. Comienza a tropezar y se derrumba sujetándose con los brazos. Me mira una última vez, ahora con pánico en los ojos.
—¿Cómo?
Le digo que eso no se lo voy a decir y sonrío. Antes de que caiga al suelo muerto, yo estoy durmiendo de nuevo, siempre alerta.