Por David el 26 de febrero de 2010
El héroe escupió contra el suelo. La saliva golpeó, levantando una nube de polvo que no había sido molestada en décadas. Inmediatamente comenzó a sopesar la importancia de lo natural que había sido para él escupir. Quizá ese gesto le diese alguna pista sobre quien era él en realidad.
Contempló el camino delante suya. Una fila de baldosas sencillas, de color grisáceo, con dos extensiones a los lados que se perdían en el infinito. Odiaba estas situaciones, saberse prisionero en un cuento en el que lo importante no era él sino el propio cuento. No se molestó siquiera en mirar atrás, sabía que tras de él solo estaría un pasado que no entendía. Deseaba conocer su nombre, saber por fin quien era y sabía que para eso, debía seguir el camino.
El reloj de arena le indicaba que le quedaba poco más de una hora, pero sabía que no era importante, que sencillamente debía continuar y, al final, llegaría a tiempo. A los lados del camino, ogros, sirenas y semidioses el increpaban, tentándole a abandonar la historia y ser libre. No obstante, el sabía que sin descubrir su auténtica identidad tampoco podría ser libre. Sabía que si abandonaba su cuento, jamás encontraría su final.
Sus pasos iban dejando un rastro en el polvo que el viento borraba enseguida y se preguntó si no sería uno de los héroes olvidados. La esperanza le mantenía dando un paso tras otro, pero quizá su búsqueda era en vano, quizá al final descubriría que al igual que no tenía pasado, tampoco tenía un futuro. Decidió borrar de su mente esos pensamientos nefastos pensando en todos los héroes que podía ser: Hercules, Jasón, Perseo… Tal vez uno de los trágicos, como Edipo, Ícaro o Aquiles… Fuera como fuera, deseaba un final, una confrontación y una respuesta.
Continuó su camino. No giró a derecha ni a izquierda, siempre recto, siempre adelante, siguiendo el camino de baldosas grisáceas. Observó que el reloj había llegado casi a su final cuando vio una enorme figura frente a él. La figura se levantó lentamente mientras que el se acercaba.
—¿Sabes quien soy? —gritó el héroe.
—Eres Teseo, —contestó el minotauro mientras el polvo caía a su alrededor.
—No puedo ser Teseo, esto no es un puto laberinto, —dijo el héroe. —Dime quien soy.
—Eres Teseo, —repitió el minotauro.
El animal levantó su hacha, amenazante y el héroe, sacando la espada que había escondido en su túnica, aprovechó para lanzar un ataque al flanco desprotegido de la bestia.
—¡Dime quien soy! —gritó el héroe ciego de rabia, mientras que la criatura hundía sus rodillas en la tierra. Al ver que esta no contestaba, descargó otro golpe contra el cuello, segándola de inmediato. Tembló cuando la cabeza cayó a su lado, levantando una nueva nube de polvo. El héroe dejo caer su espada y se arrodilló al lado de la cabeza. A lo lejos, el pueblo de Atenas clamaba su nombre: “¡Teseo! ¡Teseo!”