Por David el 09 de junio de 2009
Estoy sentado en una silla bastante cómoda y él, frente a mi, prefiere usar un taburete sencillo. Tiene un puño cubierto con la otra mano, un gesto que guarda de la época en la que todavía estábamos esclavizados a un cuerpo físico.
Es bastante mayor que yo y según solía decir todo el mundo fue uno de los primeros en ser enviados a Utopía. Me mira intrigado, soy un misterio para él y no comprende porque no puede librarse de mi como hizo con los demás.
“¿Cuándo fuiste descargado?” me pregunta.
“Has hackeado tu avatar, ¿verdad?” me dice.
“¿Quién cojones eres?” me grita.
Yo me quedo escuchándole, dejándole comprender poco a poco que a mi no puede matarme como al resto de la humanidad. Le sonrío y eso le saca de quicio. Cuando al final está lo suficientemente nervioso, cambio mi aspecto. Delante suya, dejo que mi cara se funda y con la mayor suavidad posible, la vuelvo a crear, Mis rasgos ahora son los una chica de constitución más bien pequeña, de rasgos asiáticos. También modelo poco a poco mi cuerpo, dejando que se amolde a mi nueva cara, mi nueva personalidad.
“Odio a la gente que hackea su avatar,” me dice. “Es ilegal, es injusto, es solo una manera de evitar asumir la responsabilidad por tus actos.”
Sabiendo que su punto débil es la moralidad, aprovecho este momento para hablar.
“Es divertido oírte decir eso, irónico,” le digo, “sobre todo viniendo del tipo que ha asesinado a toda la humanidad.”
Se levanta de su taburete, dejando que golpee el suelo dramáticamente.
“La humanidad se asesinó a si misma hace tiempo,” me grita. “Atraparnos dentro de una simulación absurda como Utopía, ¿realmente alguien pensaba que funcionaría? ¿Has visto el estado de la Tierra, la Tierra de verdad, últimamente? Está todo arrasado, cogí un droide y di una vuelta, todo yermo, todo destrozado, no queda nada. Y nosotros atrapados en una mentira.”
Ahora está dando vueltas por la habitación, yo materializo un gorro de lana con orejas de gato falsas y una cuerda con dos pompones colgando y con toda la inocencia del mundo comienzo a mordisquear la cuerda.
“¿Cuánto tiempo crees que podrán seguir funcionando los servidores de Utopía? Todo el mundo fue descargado, decían que en un principio iban a ser tiempos limitados, que todos viviríamos una doble vida, manteniendo el sistema en el mundo real y disfrutando de él al volver a casa, pero la naturaleza hedonística de la humanidad tuvo que imponerse. Nadie quiere hacer trabajos de mantenimiento, nadie quiere el mundo real, Utopía es mejor, ¿verdad?”
De repente, sin poder evitarlo, se siente en el taburete que vuelve a estar de pie y yo me levanto de mi silla.
“No sé por qué,” le digo, “sientes la necesidad de contarme todo esto. Supongo que te sientes culpable y que sabes que soy el último. Has matado a todos los humanos y ni siquiera así has encontrado la paz interior que buscabas, ¿verdad? Bueno, pues yo sé porque es.”
Ahora está nervioso como nunca antes lo ha estado, ahora tiene miedo por primera vez desde que dejo atrás su cuerpo físico. Me acerco a él y le miro a los ojos. No puede moverse, ha perdido el control de sus acciones por completo.
“Hace como 3 meses que redirigimos tu conciencia a una simulación de segundo nivel, no estás en Utopía y no has matado a nadie, el mundo real sigue siendo hermoso y Utopía sigue floreciendo, pero tú, tú estás atrapado en un infierno creado especialmente para ti.”
Y dicho eso, abandono Utopía 2 y anulo su bloqueo, dejándole solo con los fantasmas de toda la Humanidad.