Temblores

Por David el 22 de julio de 2011

Son las cinco de la mañana. Me acosté pasadas las dos, debido a los terremotos que llevan molestándonos los tres últimos días, y me despertaron de manera poco diplomática. Ahora me encuentro en una nave suborbital, compartiendo asiento con dos antidisturbios con armaduras pesadas. Al montar en la nave les pregunté si tenían idea de a donde íbamos, pero o no lo sabían, o no querían hablar conmigo. De momento, lo único que sé es que fue Alanna quien me llamó. Al parecer, algunos de sus amigos en PlanSec me necesitaban. A mi.
Intento componer un pequeño esquema mental. PlanSec es una filial de TerraGenesis, la hipercorporación que está terraformando esta puta roca. PlanSec o Planetary Security, son la gente encargada de asegurarse que nada interfiera con eso, ya sea ataques terroristas, exhumanos o eco-conservadores chalados. Yo soy una rata de laboratorio que esté deseando terminar sus encargos en esta roca para volver al sistema solar.
La nave aterriza en un hangar excavado en la ladera de un acantilado de casi cinco kilómetros de alto. Los niveles de oxígeno son aquí más bajos que en la superficie, pero todavía son respirables. Cuando crucé la Puerta con Alanna y otros cinco exploradores, la atmósfera estaba compuesta casi exclusivamente por nitrógeno. TerraGenesis aprovechó el pequeño tamaño del satélite y su localización para comenzar una terraformación muy agresiva y les salió bien la jugada. Ahora Raj VI es un pequeño paraíso, en el que incluso podemos andar sin respiradores externos. De momento, mantienen un control muy férreo sobre todo lo que entra y sale por la puerta, supongo que para evitar filtraciones sobre el trabajo que están llevando a cabo. Imagino que están esperando para decirle a todo el sistema solar un: “hola, tenemos una casa nueva para vosotros, solo tenéis que pagarnos para venir aquí.” Yo solo espero que deje de ser secreto pronto, para así poder salir de aquí.
Alanna me está esperando con tres desconocidos más. Los tres contrastan con ella, que es morena, de piel oscura y con rasgos hispanos. Ellos parecen salidos de propaganda nazi, rubios, altos y de rasgos muy duros.
—Anton, —me dice Alanna, dándome la mano. —Estos son John, Ned y Dan.
Sonrío sin abrir los labios mientras les doy la mano a los tres. Los tres usan exactamente la misma fuerza y sujetan mi mano el mismo tiempo. Los tres me extienden exactamente la misma sonrisa de cortesía. Un pequeño temblor sacude el hangar, pero estamos todos tan acostumbrados a ellos que ninguno de los cinco parece inmutarse.
—Anton es experto en xenolingüística, —dice Alanna, dirigiéndose ahora a la entidad Johnedan. Inmediatamente siento la necesidad de explicarme.
—No hay expertos en xenolingüística, —digo corrigiéndola. —Es todo suposiciones, teorías y conspiranoias. No puedes hacer una ciencia sobre algo que no existe.
—No existe, —dice uno de los tres, soy incapaz de saber cual. —¿A qué se refiere?
—No tenemos registros públicos escritos de ningún xeno. No tenemos nada en lo que basarnos para estudiarlos.
—¿Sabe lo que es la Piedra Rosetta, Anton? —dice otros de los tres. Un escalofrío me recorre la espalda.
—Anton, —dice Alanna. —Necesitas ver esto.
No digo nada más y me dejo llevar. Si lo que Jhonedan implica está tan siquiera cerca de ser la verdad, cambiaría por completo las reglas del juego. Me hacen atravesar dos puertas de seguridad mientras entramos dentro del complejo. A mi alrededor, los soldados y mercenarios de PlanSec se cruzan con nosotros. Durante el camino, otro par de temblores sacuden el complejo. Todo el mundo parece estar preocupado, nervioso. Cuando por fin se abre la última puerta y entramos en el laboratorio todos los pelos se me erizan. En el centro de la sala hay una vitrina de cristal y dentro de ella, flotando en algún tipo de gel, una plancha de metal. Cuando nos acercamos, se hace evidente que hay al menos cinco grupos de símbolos distintos tallados en su superficie. Cuatro de ellos carecen por completo de sentido para mi, pero el quinto…
—Llego a una de nuestras playas artificiales hace aproximadamente cuarenta minutos, —dice Alanna. —Estamos haciendo subir el nivel del mar y eso hace que el fondo marino se remueva un poco. Solo lo han visto doce personas de momento, ¿qué opinas?
Me acerco un poco más. En una pantalla cercana hay una reproducción de todos los símbolos, seguramente guardados para la posteridad. Hago una copia enseguida y me vuelvo.
—¿Habéis verificado su antigüedad? —pregunto.
—Entre mil y mil quinientos años, estamos ejecutando aún pruebas más precisas, —dice uno de los tres.
—No puede ser, —contesto señalando al conjunto de símbolos que me resulta familiar. —Eso de ahí, eso son caracteres de Sandalar. Hace un par de años se pusieron de moda entre los xenolingüistas, por una serie de pequeños objetos que se habían recuperado de otro exoplaneta, pero se reveló que eran falsos. Se descubrió que alguien se los había inventado para, yo que sé, para engañar a todos, supongo.
Los tres entes se miran entre sí un momento, como comunicándose en silencio. Cuando terminan, se vuelven hacia mi de nuevo.
—Y si esos objetos no hubieran sido falsos, Anton, ¿qué diría este mensaje?
Estoy a punto de decirles que eran falsos de nuevo, que estaba confirmado por multitud de estudios independientes, pero algo en la mirada de Alanna y de los tres hace que me calle. Me giro y analizo los trazos del trozo de metal. Aunque el material está desgastado, las letras son extrañamente claras. Alguien escribió este mensaje para durar. Recupero una pequeña guía de vocabulario que fue construida de los caracteres de Sandalar y por suerte, encuentro un par de coincidencias.
—La frase es sobre algo negativo, —digo en voz alta. —Algo que no debe hacerse, o que no está aquí. La última palabra es “bestia”, así que es algo relativo a eso. “No le hagas algo a la bestia”, “no toques a la bestia”, no eso no puede ser… “No tatata a la bestia.”
—”No despiertes a la bestia,” —dice Alanna. Me giro y la veo, con aspecto preocupado, mirando en mi dirección.
Justo en ese momento, otro de los terremotos hace retumbar la habitación. Los tres entes me están mirando, sin apenas inmutarse.
—Evacuación, ahora, —dice Alanna.
—Será lo mejor, —digo.
Los tres entes se miran entre sí y a nosotros. Otro terremoto hace temblar el lugar.
—¿Estás seguro que dice eso, Anton? —dice uno de los tres. Trago saliva antes de responder.
—Sí.
El movimiento es tan instantáneo que apenas puedo verlo, pero cuando Alanna cae al suelo convulsionándose puedo ver que uno de los tres lleva una pistola en la mano, posiblemente un táser. Los tres permanecen impasibles mientras que un nuevo terremoto sacude el lugar.
—Creemos que puedes estar equivocado, Anton. Por eso te vamos a dejar aquí, con la Piedra, para que la revises. Seguro que tiene algún significado más benévolo. Algo que pueda sernos de utilidad a TerraGenesis.
Se giran a la vez, como si fuera una sola mente, y salen de la sala. Cuando me acerco a la puerta veo que efectivamente está cerrada y no tengo salida. La habitación tiembla de nuevo y yo, seguro del desenlace de la situación, prefiero sentarme al lado de Alanna y sujetar su mano.
—Tus amigos siempre me parecieron unos capullos, —le digo a sabiendas que no me oye.

 

Ambientado (de nuevo) en el universo de Eclipse Phase.

[ Tags: futuro, violencia ]
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