Por David el 05 de mayo de 2009
Según caigo a la cama, cierro los ojos y ahí estás.
Tu sonrisa me saluda mientras que tus ojos me arropan y cada uno de tus pelos se convierte en un lazo que me atrapa y me acerca a ti. No me atrevo a moverme o a respirar, para no romper la ilusión, pues sé que en cuanto te toque te disolverás y volveré a perderte. Pero veo como tus labios me susurran un “te quiero” y no pudo evitar besarte.
Y me despierto y estoy solo y han pasado 6 horas y desayuno, me ducho, tomo el metro, trabajo, como, trabajo, tomo el metro, ceno y me dejo caer en la cama.
Y de nuevo estás a mi lado, mordisqueando la punta de mi almohada. Intento parar el tiempo, congelar este momento y le ruego a mi corazón que deje de latir pero cuando me sonríes traviesa, lo vuelves loco y comienza a mandarme sangre a la cabeza o eso me imagino porque no puedo evitar sentir una sensación de vértigo cada vez que miro tus ojos y me pierdo en ellos.
Y te grito en silencio todo lo que no podría decirte a la cara, pero tú no me oyes y sigues sonriendo y mordiendo mi almohada. Y entonces, sin pensarlo, acerco mi mano a tu mejilla.
Y abro los ojos y no estás conmigo y no me apetece desayunar de modo que me ducho y tomo el metro, trabajo, como, vomito lo comido porque creo que no me siento bien y me acerco al metro de nuevo y entonces veo el coche y siento el golpe, primero en la cadera y luego, como si fuera algo que le está pasando a otra persona, en la cabeza.
Y por fin, mis ojos se cierran y tú me miras, con la mano tendida y me dices que ahora nada nos separará.
Y entonces, por fin, tomo tu mano y no la suelto.