Por David el 24 de noviembre de 2009
Sangre.
Violencia, heridas, laceraciones, caídas, hostias... Sangre.
Nada más y nada menos.
Intento disimular, pero mis ojos no consiguen apartarse. El brazo que rodea la herida es fibroso y está algo sucio. Es solo un rasguño, lleno de tierra, pero la sangre... Esa bendita sangre, formando una pequeñisima gota. Qué no daría por coger ese brazo y comenzar recogiendo esa gota, dejando que mi lengua se llene de tierra aunque sé de sobra que me daría igual, que el sabor metálico mataría la sensación del barro.
Le miro, metro ochenta y cinco, rubio, con una gorra tapándole los ojos. lleva unos patines en la mano, deduzco que los culpables de la herida, que me mira recordándome que llevo doce años sin alimentarme de verdad. Es atlético pero no especialmente fuerte.Calculo unos cinco litros o cinco y medio, deportista, sí, quizá este me sirva.
Baja del autobus y, aunque vacilo unos segundos, le sigo. Su paso es rápido, quizá demasiado, pero sé que no le voy a perder, ventajas de ser un depredador.
Y de repente se da la vuelta y me encara.
—¿Qué coño quieres, gilipollas?— se quita la gorra de un golpe y me mira, desafiante. Es entonces cuando comprendo porque no mostraba molestia alguna por su herida abierta. Pupilas dilatadas, mandíbula encajada hacia delante, brazos en posición de amenaza...
—Te hablo a ti, hijodeputa,— me dice disparando las palabras sin apenas respirar. —¿Tienes algún problema?
Ahora ya puedo olerlo, de modo que me olvido de las precauciones y le dejo, por un segundo, que me vea tal y como soy. Su falso arrojo se diluye y cae de rodillas ante mi. Le miro, dejando que comprenda que esa energía falsa que le ha dado la cocaína no le va a servir de nada contra mi.
—Claro que tengo un problema, capullo,— le digo. —Si te matas tú mismo, ¿qué coño me vas a dejar a mi?