Por David el 28 de julio de 2009
Me despierta el olor a café recién hecho y el ruido de la puerta al cerrarse. Me levanto poco a poco y voy a la cocina, donde junto a un desayuno fantástico hay una nota para mi.
Te quiero.
Sonrío enamorado, mientras que con el móvil mando un mensaje: Yo también, idiota.
Más tarde, mientras trabajo, no puedo dejar de pensar en ella. En su sonrisa, en sus labios, en el día que nos conocimos, en aquella tarde en el cine, en el restaurante de Nueva York durante aquel viaje. Incapaz de concentrarme en lo que tengo que hacer, vomito todo mi amor por ella en un poema breve pero intenso que le mando enseguida. Me responde al momento, diciéndome que está deseando volver a verme esta noche.
Por la noche, llego a casa y la veo en sofá, sensual, mágica, perfecta. Con una precisión sublime, que hemos conseguido durante los años de amarnos, en solo cinco palabras nos expresamos todo lo que sentimos el uno por el otro.
- ¿Qué tal?
- Bien, ¿y tú?
Cenamos viendo la televisión, sin hablar y dormimos en camas separadas, pero por la mañana me despierta el olor a café recién hecho y el ruido de la puerta al cerrarse. Me levanto poco a poco y voy a la cocina, donde junto a un desayuno fantástico hay una nota para mi.
Te quiero.