Por David el 16 de octubre de 2009
Puedo estar equivocado, pero espero tener la suerte de si meto la pata, al menos hacerlo por un bien mayor.
Cuatro heridas atraviesan mi pecho y de cada una de ellas sale sangre de un color distinto. La roja huele como la mañana, llena de promesas y futuro. La purpura huele como el atardecer, a recuerdos y pasado. Mi sangre negra me hace pesado, lento y torpe; me obliga a hincar la rodilla en el suelo y me hace llorar, frustrado por no poder defenderme a mi mismo. Cada gota de mi sangre que cae al suelo hace brotar un árbol del mismo color que ella. Pronto estoy en un bosque de negros, rojos y purpuras en el que, por fin, me siento seguro. Afortunadamente mi cuarta herida no hace crecer nada.
La sangre verde... Prefiero no hablar de la sangre verde.
En resumen, que puedo equivocarme, pero espero al menos que de mis errores surja algo bueno, así como el bosque que ahora me arropa surgió de mi sangre derramada inútilmente.