Olor a mandarinas

Por David el 03 de noviembre de 2009

Cuando entra, el vagón se llena con el olor a mandarinas e inmediatamente, recuerdo mi niñez.
La miro y me asaltan cientos de dudas sobre su vida. Lleva un anillo en el dedo anular, ¿ese era el de matrimonio? Nunca lo recuerdo. La mandarina que está comiendo, ¿significa que es vegetariana o que está obsesionada con la vida sana? Se ha montado en la misma para que yo, ¿vivirá cerca de mi o solo está de visita en mi barrio? Lleva auriculares, ¿qué estará escuchando? De repente nuestras miradas se cruzan y me sonríe. En ese momento yo aparto la mirada.
El dulzor que se respira cada vez que muerde un gajo me devuelve al pasado. Recuerdo correr entre los árboles de una vega ajena. Soy un extraño en un pueblo que no es el mío, arrastrado a un entorno hostil y xenófobo cada vez que mis padres necesitan aliviar su cansancio urbano, un niño de ciudad acostumbrado a jugar solo.
De repente vuelvo al tren al darme cuenta de que se está preparando para bajarse. Decido que realmente quiero saber más sobre esta chica y que mi cena no es lo bastante importante, de modo que mientras bajo del tren mando un mensaje disculpándome y avisando que no voy a llegar. La chica de las mandarinas comienza a callejear y yo, mientras la sigo, regreso a mi pasado.
Ahora estoy intentando perderme entre los árboles. La nariz ya no me sangra y los ojos se me han secado. Ando convencido de que no sigo una ruta concreta, pero finalmente llego a donde llevaba caminando toda mi vida. Veo a Marta robando mandarinas. Marta es la novia de Paco, el culpable de mi nariz rota, y es también la niña más guapa que nunca he conocido. Al principio no se da cuenta de que estoy allí, de modo que me quedo mirando como va cogiendo las mandarinas y echándolas en la camiseta que está usando de bolsa improvisada.
De algún modo, sé que ahora las cosas cambiarán para siempre, que nada volverá a ser lo mismo. De repente Marta me ve y se gira. "¿Quieres algo?" me pregunta.
De vuelta al presente, la chica de las mandarinas se detiene en un escaparate y yo, de manera inconsciente, reduzco la velocidad, pues no quiero adelantarla. Rápidamente se me vienen a la cabeza cientos de escenarios para presentarme, pero mientras intento decidirme se pone de nuevo en marcha en dirección a la plaza que nos espera delante.
Otra vez entre los árboles de mandarinas de mi niñez, pienso en las miles de cosas que quiero decirle a Marta mientras que automáticamente le estoy diciendo "nada" y dándome la vuelta para irme.
Y entonces veo a la chica de las mandarinas entrar con decisión en la plaza y sin perder un segundo llegar hasta su novio. Se cuelga de su cuello y le besa. En ese momento comprendo que da igual cuanto cambien las cosas, todo es siempre lo mismo.

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