Por David el 13 de noviembre de 2009
Me gusta este bar, ya que el camarero nunca hace preguntas y siempre mantiene mi vaso lleno. Cada vez que me llega una bebida le pongo un nombre de mujer distinto y así, de manera inocente y libre de culpa, cumplo mi sueño de amar a una mujer que no seas tú.
Hoy, no obstante, el ambiente es distinto. La gente a mi alrededor parece divertirse y eso me llena de pánico. Me mantengo indiferente ante el griterío mientras que el camarero me pide perdón con la mirada por el trastorno. O quizá me acusa silenciosamente de no participar de la alegría colectiva, nunca supe leer a la gente.
Y entonces, una mujer que no eres tú se me acerca y me mira fijamente.
—Ey, ¿puedo hacer algo para que alegres esa cara? —me pregunta.
—¿Puedes resucitar a los muertos? —contesto.
Por un momento su gesto cambia, pierde confianza y arrojo. No obstante, moviéndose por la inercia de la valentía que la ha traído hasta aquí vuelve a intentarlo.
—Me llamo Elsa —dice ofreciéndome su mano. No hago ningún gesto de coger la mano o siquiera de haberla escuchado y miro con firmeza mi vaso casi vacio, hasta que se cansa y se va. El camarero se acerca y me rellena el vaso, sin hablarme y sin hacer preguntas y yo decido que este trago se llamará Elsa y me ayudará a pretender que cumplo mi sueño, de manera inocente y libre de culpa, de amar a una mujer que no seas tú.