Por David el 22 de diciembre de 2009
Eric llegó por fin al templo perdido, sin agua o gasolina suficiente para volver a ningún sitio. Todos sus sueños, todas sus teorías, tenían por fin sentido. Encerrado entre ramblas y cañones naturales que impedían a nadie sin su ambición y obsesión acercarse, se encontraba la entrada que, aunque desde fuera parecía nada más que una cueva mediocre, daría credibilidad a sus teorías sobre la civilización antigua que habitó, miles de años atrás, está región del desierto.
Dejó el coche, sin preocuparse en como volvería a El Cairo y se adentró en la caverna. Tal y como esperaba, apenas había avanzado unos metros en ella cuando se abrió a una sala excavada en la roca en la que eran evidentes muestras de una arquitectura nunca antes vista. Dejó que sus ojos se acostumbrasen a la poca luz del lugar, rezando para asegurarse de que no se trataba de una alucinación y que aun no estaba loco. Le costaba respirar, pues el aire era rancio y espeso. Contuvo el aliento y, por fin, decidió pensar con claridad. Tendría que ingeniárselas para encontrar el modo de volver, organizar una expedición y conseguir así descubrir que fue de esta gente perdida, anteriores a los faraones.
Fue entonces cuando escuchó el motor del coche arrancando. Salió corriendo, maldiciéndose por temerario, para ver el jeep perdiéndose tras un cerro de piedra. Dejó escapar un grito de rabia mientras lanzaba la antorcha improvisada que portaba al suelo. Solo al darse la vuelta para mirar la cueva vio a la mujer.
La mujer, de rasgos árabes, vestía una sencilla falda de tejido de cáñamo. Aparte de eso, se encontraba desnuda salvo por una diadema de color plateado que le recogía el pelo en un moño de color oscuro. Sus ojos eran del color de la miel y los más grandes que Eric había visto jamás. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras la miraba. Aunque era delgada y bastante menuda, había algo acerca de esta mujer que le llenaba de pánico. Cuando la chica habló, en un español perfecto, Eric volvió a sentir ese temor antinatural, como si nunca debiese haber escuchado esa voz.
—Tienes dos opciones, extranjero, —le dijo. —O mueres aquí, donde jamás te encontrarán, o te devolvemos a tu tiempo pero olvidando todo lo que sabes sobre nosotros.
Eric tragó saliva. Miraba a la chica, consciente de que no le estaba amenazando, sino solo explicándole sus posibilidades.
—Piensa que esto ha sido toda tu vida, —siguió explicando la chica. —Si vuelves con las manos y la cabeza vacías, vivirás el resto de tu vida siendo un perdedor. Si mueres aquí, todo el mundo seguirá considerándote un perdedor, pero al menos habrás muerto consciente de que tenías tu parte de razón.
—Alguien me encontrará, —se defendió Eric. La mujer comenzó a reírse, dejando que el sonido de su risa resonase por el cañón.
—Quien te encuentre sufrirá la misma suerte que tú, extranjero. ¿Por qué crees que nadie nos conoce aun?
Eric permaneció pensativo, mientras miraba a la mujer. No podía pensar en nada salvo la frustración de saberse vencido, derrotado.
—En ese caso, —dijo finalmente, —elijo morir.
La mujer sonrió y comenzó a acercarse a él. Le pasó una mano por el pecho y Eric volvió a sentir el escalofrío de antes. Su tacto era frío como el hielo, pese al calor del desierto.
—Me alegra ver que sigue habiendo gente noble en tu mundo, —susurro la mujer mientras apoyaba los labios con delicadeza sobre los labios de Eric. Este sintió enseguida el sabor ácido y fuerte del beso y supo que jamás volvería a despertar. Sus piernas perdieron fuerza mientras el veneno se iba distribuyendo por su cuerpo y antes de que su cabeza llegase a tocar el suelo ya había perdido la consciencia.
A la mañana siguiente, al abrir los ojos, Eric se sorprendió de encontrar a la mujer dormida y abrazada a él. Se pasó la mano por los labios, que se encontraban secos, y sintió su respiración sobre ellos. Se levantó y ojeó la habitación. Todos los muebles eran de una construcción extraña, casi excavados en la piedra. La mujer, al notar su movimiento abrió los ojos y le miró, sonriendo.
—La nobleza es su mejor recompensa, ¿no crees, extranjero? —dijo la sacerdotisa.