Por David el 19 de febrero de 2010
Cuando escuché la música supe que, por fin, estaba loco.
Llevaba meses vagando por aquella cáscara vacía de una ciudad. Solo veía los restos, aquí y allí un teléfono móvil cuya batería había dejado de funcionar hace tiempo; una puerta abierta que solo daba a habitaciones sin vida; coches aparcados y cubiertos de la fina capa de polvo que como un manto cubría la ciudad… Como si sus habitantes la hubieran abandonado y hubieran tapado los muebles con una fina sábana.
Cuando encontraba huellas en el polvo, siempre eran las mías. Cuando dejaba mensajes, solo los contestaba yo mismo tiempo después. Desconocía por qué pecado habían hecho desaparecer a los demás. Desconocía que pecado había cometido yo. Y entonces, un día, escuché la música.
Pese a los meses que llevaba en la ciudad, perdido, nunca había la plaza a la que llegué siguiendo el ruido. En el centro, una enorme fuente lanzaba el agua hasta lo que yo pensaba que era el cielo. Al mirar hacia arriba, por primera vez desde que desperté solo, vi el sol y me cegó. La música sonaba dulce, por encima del sonido del agua cayendo, y guió mis pasos hasta la fuente. Cuando por fin pude ver de nuevo, entre la cascada de gotas que reflejaban la luz, me fije en ella. Estaba sentada al borde de la fuente, de perfil. El pelo le caía por los hombros, rizado y seductor, y perfilaba su rostro. Estaba concentrada, sobre su hombro desnudo había un instrumento extraño, que yo jamás había visto. Lo sujetaba con el brazo izquierdo, mientras que con el derecho deslizaba un arco sobre las cuerdas. La música era dulce; tanto que casi hizo que no me diera cuenta de como sus dedos se encontraban sangrando.
Tragué saliva antes de poder hablar.
—¿Desde cuándo estás tocando? —le pregunté.
—Desde que nos quedamos solos, mi amor.
Seguía concentrada y tocando, con los ojos tan cerrados que no podía verles el color.
—¿Qué instrumento es ese? —pregunté.
Al oírme dejo de tocar y sonrió, sin abrir los ojos.
—Deberías saberlo, mi amor, —dijo. —Me decepcionas.
Comenzó a dejar el instrumento en el suelo, mientras que yo luchaba por no sentirme herido.
—¿Sabes por lo menos quien soy, mi amor? —preguntó.
Deseé en ese momento que abriera los ojos, pero no lo hizo. Me sentí en ese momento más solo que nunca.
—¿Eres la Muerte?
Empezó a reír. Sobre el sonido de la fuente, sobre el ruido del silencio, ella reía y reía.
—Claro que no, idiota, —me dijo. Y solo entonces, abrió los ojos para mirarme y me dijo su verdadero nombre.