Por David el 29 de marzo de 2011
Me convierto en luz. Asciendo y sonrío convencido de haber hecho lo correcto. Y entonces, solo por dar por culo, me aprietas el pecho para hacer funcionar mi corazón. Peleo por alejarme de ti, pero sabes que nunca he podido. Cubres mi boca con la tuya y fuerzas a mis pulmones a llenarse de oxígeno, una vez, dos. Vuelves a mi pecho, una, dos, tres veces… Cada golpe vuelve a llenar de sangre mis venas. Me obligas a vivir, me obligas a volver y te odio por ello.
Cada vez peso más, a cada instante que pasa estoy más unido a ti y al cuerpo que pensaba que ya había dejado atrás. Cuando llenas mis pulmones de aire por quinta vez, ya no puedo huir más y comienzo a toser. Me levantas enseguida y vomito por toda tu espalda, pero no te importa. Me abrazas con fuerza, escuchando el latir irregular de mi corazón. Me arde la boca y la garganta, mi rodilla me duele como siempre lo ha hecho. Siento el pecho vacío y me cuesta respirar. Todos los dolores que pensaba haber dejado por fin atrás.
Aprovechando que estoy al lado de tu oído, susurro.
—No vuelvas a salvarme jamás.
Y con los ojos llenos de lágrimas, me contestas.
—Solo si me prometes no morir nunca.