Por David el 18 de septiembre de 2009
Por la mañana, compré una bandeja de filetes de pollo.
Pensaba hacer una cena sencilla y gastar mi tiempo con el postre. Una ensalada y los filetes acompañados con un poco de limón y pasta, pero un excelente pastel al ron para terminar. Como a las cinco de la tarde comencé a preparar mi pastel, mezclando la masa y midiendo cantidades. Encendí el horno para que se fuera calentando y me dediqué a esperar. A las nueve estaba casi todo listo, faltaban solo los filetes y tú.
A las nueve y cuatro minutos recibí la llamada. Escuché atentamente, pero no podía creer lo que oía. En ese momento escuché el ping del horno que indicaba que el pastel estaba listo.
Dos semanas después abrí la nevera y el olor a carne rancia casi me hizo vomitar. Comprendí entonces que debía deshacerme de los filetes y no pude evitar romper a llorar.