Por David el 20 de octubre de 2009

Por fin la convencí para venir al desierto, explicándole lo importante que era para mi tener un lugar como ese en el que poder alejarme del ruido para poder pensar sin interferencias. Y una vez allí, cuando no tengo lugar donde escapar, me revela que dejarse convencer era parte de su trampa y me pide explicaciones taladrándome con sus ojos, tan verdes que no puedo mirarlos fijamente o me enamoraré de ellos.
—Cariño, — le digo, dejando que la palabra llene el espacio que queda entre nosotros.
—Cariño, — repito, mientras pienso en como continuar la frase. Enseguida se hace evidente que jamás voy a poder completar esa frase y ella me responde con su sonrisa más irónica. Sin abrir la boca me dice que si yo soy incapaz de expresarme, ella es incapaz de ser feliz conmigo.
Se dirige poco a poco hacia el coche y se sienta en el capó. Me mira mientras yo miro al desierto. Me odio a mi mismo por ser incapaz de devolverle la mirada, por ser incapaz de decirle lo que necesita escuchar. Me juzga silenciosa desde su percha mientras que yo, sintiéndome más pequeño que nunca, me muero de vergüenza.
El paisaje es impresionante y me concentró en él para evitar pensar en ella. Los tonos marrones y grises se repiten en las montañas que nos rodean, en las rocas y arena del suelo e incluso en las pequeñas plantas que se esfuerzan por intentar sobrevivir sin agua. El polvo del ambiente, poco a poco, va asentándose sobre mi, sobre ella, sobre el coche. Si nos quedamos aquí el tiempo suficiente, sé que sucumbiremos a esos tonos e incluso sus ojos perderán todo rastro de su propio color.
Me doy cuenta al momento de que no funciona. Ni siquiera el desierto me impide pensar en ella, sino que el hecho de saber que estamos, por fin, solos me hace enloquecer de pasión. Ella mientras tanto me sigue mirando. Creo que no termina de decidirse entre si odiarme o sentir pena por mi. Intento de nuevo comenzar mi excusa.
—Cariño, — vuelvo a decir y vuelvo a quedarme en blanco. Lo intentó de nuevo convencido de que en cualquier momento voy a conseguir encontrar la segunda palabra y eso llevará a la tercera y así sucesivamente. —Cariño.
—Deja de llamarme así, por favor.
—Lo siento, solo quería decirte que lo siento.
—No, no lo sientes, — me dice, consciente de que me conoce mucho mejor de lo que yo me conozco a mi mismo. —No te arrepientes de nada, y de hecho me avisaste en su momento.
—Pero aun así no es justo, — digo intentando dejar patente mi culpa, dándole motivos para odiarme.
—¿Sabes lo peor de todo? Que ni siquiera estoy cabreada, solo decepcionada. Y por favor, deja de echarte la culpa. Te hace parecer un gilipollas.
En ese momento me fijo en un escarabajo que se arrastra bajo el coche, escondiéndose del sol y pienso que el metal del capó debe estar ardiendo, aunque ella parece no notarlo. Sigue sentada, mirándome mientras se esfuerza por mantener su sonrisa falsa.
—Aun te quiero, ¿sabes? — consigo decir al final.
—Claro que lo sé, y siempre me querrás. Igual que sigues queriendo a todas y cada una de las mujeres a las que has amado. Igual que aún amas a Laura, a Sandra, a Amaya...
—Bueno, — digo e inmediatamente vuelvo a a bloquearme, incapaz de seguir. Ella se queda esperando a que pueda terminar la frase. —Bueno, no es lo mismo.
No me siento nada orgulloso de mi frase, pero al menos he conseguido terminarla sin tener que esperar al cuarto intento.
—No, no es lo mismo, — me responde. —Y al mismo tiempo es exactamente igual. Quieres demasiado a demasiada gente para poder querer de verdad.
—Eso no es cierto, lo que siento por ti es de verdad.
—Sí, claro, — sonríe de forma irónica.
A lo lejos, escuchamos el ruido de un animal. Parece ser más o menos grande, quizá un perro guardián escapado de algún cortijo cercano, pero a la luz del sol, suena como una jauría de lobos dispuesta a devorarnos sin piedad. Siento un escalofrío, a pesar del calor.
—Deberíamos volver, cariño, — le digo.
—Te he dicho que no me llames así, gilipollas.
Y al cabo de veinte minutos, desde la tranquilidad del coche y volviendo a la civilización, le miro a los ojos verdes y me enamoro de ellos, sabiendo que finalmente los he perdido.