Por David el 11 de septiembre de 2009
Ana entra en el bar desorientada. La última vez que entró en un sitio así tenía diez años y quince kilos menos y como unos trescientos amigos más. Recorre la habitación con la mirada buscándole, esperando encontrar un rostro familiar. Está convencida de que el bar está intentando matarla, con humo tóxico que le empaña los pulmones y ruido agresivo que le destruye los tímpanos. Cuando por fin le ve, Héctor está sentado en un sofá, con la cabeza colgando hacia atrás y los brazos extendidos. Su camisa está entreabierta dejando ver su pecho y delante de él, en una mesa de cristal, tiene tres botellas de agua vacías y un cenicero lleno.
Ana comienza a andar en su dirección, esquivando bultos que apenas puede ver dispersos por el suelo del bar y evitando pensar en su pecho y en el tiempo en el que se perdería durante horas dejando que sus dedos recorriesen caminos invisibles por él. Cuando llega junto al sofá espera unos minutos a que Hector note que está allí. Él saluda con un "eh" algo seco.
"¿No está demasiado oscuro para llevar gafas de sol?" le pregunta, gritando para asegurarse que la oye.
"Me sentaron mal unas setas, tengo las pupilas del tamaño de melones y me molesta la luz," su voz es ronca, seca. Ana se convence cada vez más de que es mala idea arrancarle esa camisa y morderle un pezón para hacerle gritar, por lo que es incapaz de saber porque tiene tantas ganas de hacerlo.
"Pensaba que habías dejado las drogas."
"Pensaba que habías dejado de juzgarme."
"Estás a la defensiva, Hector."
Hector se incorpora con dificultad sin levantarse del sofá, dejando que sus codos caigan sobre la mesa y la invita a sentarse con un gesto de la mano. Saca un paquete de cigarillos del bolsillo de la camisa y sin ofrecer, coge uno y lo enciende. Da una calada, echando la cabeza hacia atrás y espera unos segundos antes de dejar escapar el humo.
"Me estoy haciendo viejo, pero no estoy creciendo," le dice de repente, cogiendo a Ana por sorpresa. "Tomo demasiadas drogas, no tengo bastante dinero y no soy lo bastante fuerte para llevar adelante mi vida de mierda. Claro que estoy a la defensiva, joder, si no me comerían por todos lados."
Ana le mira, intentando que la compasión que siente por él anule las ganas que tiene de desnudarle y fundir su cuerpo con el suyo. Ha decidido ya que terminará llevándoselo a casa, pero no, necesita saber que va a poder cuidarle sin sucumbir al deseo al que su cuerpo se habituó años atrás.
"¿Por qué me has llamado?" pregunta.
"Necesito dinero, estoy muy jodido si no consigo tres mil euros para mañana."
Ana se recoloca en la silla, dejando esta vez el máximo espacio entre ella y él. Le mira fijamente, recordando porque le amaba y porque le dejó.
"No tengo dinero, lo más que puedo ofrecerte es un lugar donde dormir."
Hector sonríe. Es una sonrisa fría, irónica. Esperaba esta respuesta y la temía, pues sabe que no podrá rechazar la invitación. Discuten un rato más, pero él evita confesar para qué necesita el dinero. Cuando es evidente que Ana no soporta más el sitio, deciden salir y dirigirse a su casa. Justo antes de cruzar la puerta, él deja con toda naturalidad que su brazo rodee los hombros de ella. Ana los recibe sin preocuparse, ese brazo pasó tanto tiempo ahí que le resulta normal sentirle tan cerca.
Una vez fuera, Ana empieza a rebuscar las llaves de su coche en el bolso, mientras él enciende un nuevo cigarrillo. Sus ojos permanecen ocultos por las gafas de sol, pero ella aun puede imaginárselos, azules e inquietos, moviéndose de un lado a otro. Nunca supo si esa inquietud se debía a que no querían perderse nada interesante o a que no querían fijarse demasiado tiempo en nada. Recuerda que se lo preguntó una vez, cuando estaba empezando a cansarse de él, y le confesó que él tampoco lo sabía. En ese momento, aunque no puede estar segura por las gafas de sol, Ana nota que Hector gira la cabeza en su dirección y por un momento sabe que sus miradas se han cruzado. Espera un látido, dos, tres, segura de que mirará en otra dirección enseguida, pero no. Al sexto latido, Hector abre la boca, intentando decir algo, pero no termina el movimiento. Ana baja la mirada al bolso y recoge las llaves del coche, sin saber si quiere o no quiere escucharle.
Es entonces cuando nota a uno de los peatones de la mañana que de manera brusca choca contra ella y se vuelve para insultarle. Su frustración sentimental la obliga a defenderse ante esta intrusión de su espacio personal. Antes de poder decir nada, no obstante, ve que el mismo peatón ha chocado contra Hector y ve la cara de pánico de este. Escucha la voz de un extraño decir "última oportunidad quiere decir última oportunidad, gilipollas."
Puede ver al peatón maleducado corriendo para perderse en la distancia, pero se concentra en ver como Hector se lleva la mano a la barriga, intentando detener la hemorragia. Corre hacia él y le sujeta entre los brazos mientras cae, tambaleandose. Las gafas de sol caen al suelo, donde se manchan en el charco de sangre que está empezando a formarse. Unos minutos después, uno de los paramédicos las pisa sin compasión, haciéndolas pedazos, mientras que las botas de Ana avanzan al lado, con paso inseguro y nervioso. Un par de horas después, antes de que nadie haya tenido tiempo de limpiar, comienza a llover y se forma un pequeño torrente que arrastra alguno de los cristales más pequeños hasta la alcantarilla, donde se pierden para siempre.