La petite mort

Por David el 15 de mayo de 2009

1.
Mi primer vuelo se retrasa y ante el miedo de perder el enlace acelero el paso llegando al final con 20 minutos de antelación a la puerta de embarque.
Entro en el baño con intención de lavarme la cara y veo los signos. Abro la puerta de uno de los retretes y me encuentro a una mujer de unos treinta y cinco, guapa si bien algo intimidatoria, con una mirada cargada de odio.
Le pregunto si espera a alguien y me dice que a mi. A los cinco minutos gime y puedo notar su orgasmo. Le digo que estoy satisfecho y ante su insistencia en ayudarme, se lo repito. Estoy acostumbrado a este tipo de conversaciones con las mujeres. La sexualidad masculina está tan enfocada a la eyaculación que la gente no comprende que a mi no me haga falta.
Me siento en el avión y reviso lo que he aprendido de la anónima señora del aeropuerto. Me hace ilusión descubrir que hablaba ruso bastante fluido, que se convierte en mi duodécimo idioma, pero aparte de eso no encuentro nada útil.

2.
Ese es mi don. En el momento del orgasmo de la persona con quien esté su mente se abre a mi. Recibo sus experiencias, pensamientos y recuerdos y los hago míos. Las veces que yo llego luego los devuelvo, los pierdo... Pero solo una persona es capaz de lograr esa segunda parte.

3.
Y esa persona está esperándome cuando llego al aeropuerto, vestida de chófer y con un cartel en el que, a mala leche, ha deletreado mal mi apellido. Le pregunto cómo sabía cuando iba a llegar y me responde con una sola palabra: Internet.
No decimos nada más y me lleva hasta el coche que ha traído. Me hace pasar al asiento trasero y me sigue. Se sienta encima mía y comienza a besarme. Puedo sentir sus manos jugando con mi pelo y sus muslos apretando mis caderas. Cada una de sus caricias es su manera de decirme que me desea tanto como yo la deseo a ella.
Al cabo de un rato comienza a arañarme la nuca, lo cual es el gesto para decirme que está llegando al orgasmo. Jadea cada vez más fuerte y de repente lo noto, un torrente de emociones, de deseos y de pasiones.
Reacciono por costumbre, este es el momento en el que suelo parar con cualquier otra mujer, pero ella no me va a dejar hacerlo. Tarda unos segundos en recuperar el control pero lo consigue. Me sujeta de repente justo debajo de las orejas, apoya su frente contra la mía y me mira mordiéndose el labio. Enseguida noto como me entrega todo su cuerpo. Comienza a moverse sobre mi con golpes precisos y cada vez más rápidos. Cada giro de su cadera empieza por el cuello, baja poco a poco por su espalda y termina haciéndome llegar hasta lo más profundo de su alma. De repente me coge del pelo y tira con fuerza para atrás. Me pasa la lengua por el cuello y de repente oh dios mío no puedo controlarlo más y todos los músculos de mi cuerpo se tensan y comienzo a temblar mientras que siento como sus emociones, sus deseos y sus pasiones vuelven a ella.

4.
En el ascensor de subida a mi apartamento, ella habla por segunda vez desde que nos vimos:
“Puedo notar cada vez como me quedo vacía hasta que me devuelves lo que me quitas. En esos momentos soy sólo una cáscara hueca. Lo único importante somos tú y yo y obligarte a recuperar lo que me robas.”

5.
Nos metemos en la ducha y ella me pregunta si alguna vez me he corrido (su expresión, no la mía) yo y no la otra persona. Tiene curiosidad por saber que pasaría y decide intentarlo. Me mira lascivamente mientras que deja caer el gel en su mano y comienza a tocarme. Sabe perfectamente lo que necesita hacer para excitarme y lo hace. Se arrodilla delante mía y comienza a usar su lengua. Normalmente esto lo hacemos como juegos previos pero ahora es distinto. Necesita completar su experimento cuando antes. Necesita que yo llegue enseguida y está haciendo todo lo posible. Su lengua, sus dedos, sus labios, todo contribuye a ese clímax que me llega de repente y me obliga a sentarme mientras que algo a medio camino entre un jadeo y una carcajada escapa de mis labios. Mientras recupero el aliento la oigo salir de la ducha y cuando la sigo la veo llorando en la cama, llorando de rabia mientras se tapa la boca con una mano y me mira con cara de asco. Me dice que soy un hijo de puta y en ese momento me doy cuenta que hay algo de mi vida, unas tres horas, que debería recordar pero no puedo.
Intento preguntarle, pero ella ni me mira ni me pregunta, solo me odia.
Se viste rápidamente y sale de la casa arrastrando mi pecado más grave y me deja solo, deprimido y con la seguridad de que no volveré a verla.

 

 Foto por Victor Saboya.

[ Tags: mujeres, magia ]
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