Por David el 02 de octubre de 2009
Todo el que haya estado enamorado alguna vez sabe que los celos no atienden a razones y que muchas veces se anteponen a la que debería ser la finalidad del amor: la felicidad de la persona amada.
Yo estaba enamorada de Ritxi, por supuesto, mientras que todos los demás estaban enamorados de sus palabras y su música. Al contrario que sus admiradores que le conocían desde que firmo aquel contrato a los veintidós años, yo le conocía desde que eramos niños. Muchas veces me he preguntado si estaba conmigo porque realmente me quería o porque no quería olvidar su pasado.
Su segundo amor y el motivo de mis celos era su libreta. Odiaba los métodos digitales, de modo que siempre escribía sus canciones y poemas a mano, emborronando, llenándolo todo de tachones. Su pasión era evidente al verle arrancando hojas enteras para luego recogerlas y con mano suave intentar que recuperasen su forma original, aunque sabía que al arrugar una hoja de papel las cicatrices en ella quedan para siempre.
Tras el segundo disco, empecé a desear que me tratase igual que a su libreta. Incluso si me hubiera odiado, al menos sabría que le importaba. Me escribía las canciones más bonitas, pero ni siquiera me miraba.
Recuerdo que el día que se fue me desperté al oír el ruido de cristales rotos y gritos. Baje las escaleras corriendo y le vi destrozando el salón. La mesa de té donde solía escribir sobresalía por la ventana, explicando el primer ruido. Ritxi estaba sobre el sofá, había lanzado los cojines por los aires y golpeaba el respaldo, lleno de frustración y rabia.
"¡¿Dónde cojones está?!" me preguntó en cuanto me vio.
"Cielo, ¿qué te pasa?"
"Mi puta libreta, ¿dónde cojones está?"
Le observé mientras daba una patada a la televisión, mientras pagaba su ira con los libros de la estantería. Le observé mientras empleaba su energía en destrozar el respaldo buscando su libreta cuando era a mi a quien debía amarme. Le advertí que me estaba asustando y solo entonces me miró.
Hacía años que no me miraba, tantos que casi había olvidado lo que sentía por esos ojos. Intenté buscar el amor que los había llenado años atrás cada vez que nos cruzábamos la mirada, pero solo vi odio y cansancio.
Cuando salió por la puerta supe que jamás volvería a verle. Ahora han pasado tres años y aun, de vez en cuando, saco la libreta de debajo de mi cama y recorro esas lineas llenas de pasión y tachones con los dedos, mientras se llenan los ojos de lágrimas.