Por David el 02 de marzo de 2010
Está harta de mis juegos, de las mentiras, de las apuestas, de las trampas. Está harta de mi, en el fondo. Recoge las cosas con rabia, lanzando la ropa contra la maleta de la misma manera que sus insultos contra mi. Me llama mentiroso, ladrón, bastardo... Yo no puedo evitar reírme mientras la veo aparentar que tiene dignidad. ¿Quien se cree que sería sin mi? Nadie más que la chica a la que recogí, a la que eduqué para ser mi compañera. Sé que me necesita más de lo que yo la necesito a ella. Sé que volverá.
La veo llorar, herida. Ha perdido y lo sabe. Me amenazó con irse, pero sabía que iba de farol, que jamás podrá estar sin mi. Le he enseñado demasiado bien. Ya en la puerta, se gira para mirarme y recordar cuanto me odia.
—Vas a volver, —le digo.
—Jamás, —responde.
Me río, me hace gracia verla hacerse la valiente, como si tuviera alguna carta que yo no hubiese puesto en su mano.
—Vas a volver, —repito.
Y es entonces cuando, convencida por fin, me mira y finalmente sonríe, desmontando toda mi jugada.
—¿Te apuestas algo? —me dice.