Por David el 19 de enero de 2010
La miro por la ventana, a mi morena de ojos verdes. La miro como baila sola por la casa, esquivando a los cien gatos que viven con ella. Ellos se quitan a su paso, pues es la única criatura a la que adoran. Curiosamente, siempre pensé que los gatos eran incapaces de amar. No sabía como de equivocado estaba.
La sonrisa de su rostro es la más sincera que he visto jamás. Sus rizos acarician su espalda con cada giro. Sus pies esquivan primero a uno, luego a dos y a tres gatos. Su baile es sensual, pero ella ni siquiera lo sabe. La morena de ojos verdes nunca ha intentado seducir a nadie, o eso dicen, pues no lo necesita. Sus gatos le hacen compañía. Alguna gente la envidia por poder vivir así, otros la adoramos. La gran mayoría, no obstante, la teme, porque es distinta, porque está llena de misterio. Mirándola bailar en secreto me doy cuenta de porque la temen, noto su fuerza, su pasión, su energía. Morena de ojos verdes, ¡te deseo tanto!
Llevo dos semanas siguiéndola, viéndola bailar cada noche al ritmo de una música que solo ella y sus gatos escuchan. Me esfuerzo por ser parte de su mundo: un día sí y otro no baja al pueblo, donde yo le vendo las manzanas que cultiva mi padre e intento hablar con ella. Un día sí y otro no, ella me ignora y sigue su camino. Cada vez más, me enamoro de ella, y a cada giro y baile siento como mi corazón se llena de su música secreta. Sueño con escucharla, con poder acercarme a ella, cogerla de la mano y acompañarla mientras mis pies eviten a sus gatos. Sueño con tocar su rostro, con oler su cuello… Con despertar a su lado, ¿por qué no?
Y entonces, mis pies que no son los suyos, pisan la cola de uno de sus gatos y ella, al escuchar el maullido se detiene. Me mira furiosa y yo tengo tanto miedo que soy incapaz de sentir el pánico que debería. Confuso, solo puedo tartamudear un “yo, yo” mientras que ella abre la boca y pronuncia una palabras que no llego a escuchar. Entonces, solo entonces, mientras mi cuerpo se retuerce y comienza a encogerse, me doy cuenta de que ella también me ama y que, con tan solo mirarme, pudo ver mis sueños y me los ha concedido. Mientras mi rostro se estira y mis orejas crecen y se llenan de pelo, comienzo a escuchar su música. Mientras mi nariz se encoge comienzo a oler su aroma y sé que a partir de ahora dormiré y despertaré a su lado.
Cuando mi transformación está completa ella me sonríe y me recoge con una mano. Me da un pequeño beso en la nariz, entre mis bigotes y comienza a bailar esquivando a sus ciento un gatos. Y yo, que curiosamente siempre pensé que los gatos eran incapaces de amar, me doy cuenta de lo equivocado que estaba.