Por David el 12 de enero de 2010
Los niños corren por el jardín y yo solo quería hacerte feliz.
Miro toda la escena, tu casa, tu vida, tu lugar en el mundo y me doy cuenta que me esforcé tanto en hacerte feliz que se me olvido serlo yo. Ahora solo espero un milagro, una señal de que no todo está perdido. Quizá otra gente de naturaleza más dura, más tenaz, hubiese sido capaz de conseguirlo, pero yo fallé y ahora solo puedo mirarte, mientras tus niños corren por el jardín y yo, que solo quería hacerte feliz, tengo que esconderme para que no me veas.
Todos sonríen en tu nueva vida, los niños, tú, los amigos de los niños. Me hace sentir culpable. Envidio a la gente que todavía recuerda como reír. Lo reconozco, estoy esperando un milagro, un momento en el que pueda volver a entrar en tu vida con éxito, demostrarte que aun estoy bien. Quizá uno de los niños salga corriendo y yo podré detenerlo antes de que salga a la calzada y le arrolle un coche. Quizá alguien os empiece a molestar y yo podré entrar, como un héroe y rescataros.
Pero a quien pretendo engañar. Con mi nuevo aspecto sería yo quien os molestase. Si tocará a uno de los niños le mancharía con mi podredumbre, con mi suciedad. Los niños están jugando y yo estoy escondido, mirando desde lejos como un pervertido. Les envidio, porque ellos aun saben sonreír. Les envidio porque están contigo aun.
Y entonces, esperando mi milagro, te veo sonreír y comprendo mi error. Mi milagro ya pasó, mi milagro fuiste tú. Y yo, en lugar de ser feliz, desperdicié mi oportunidad intentando hacerte feliz a ti. Que ingenuo fui. Ahora por fin comprendo que es imposible hacer feliz a alguien que lo es.