Fantasmas

Por David el 11 de diciembre de 2009

Mi cabeza da vueltas, sin lograr detenerse. No debería haber bebido tanto, pero no puedo evitarlo en ocasiones. Tengo los ojos cansados y no puedo dejar de rascármelos. Por detrás mía le escucho, aun gritando al cielo los múltiples amores que ha perdido o ganado y rezo porque se calle, porque deje de cantar y me permita concentrarme en mis miserias, en lugar de tener que aguantar las suyas. Nos conocemos desde niños y siempre le he odiado, por ser capaz de hacer lo que yo no puedo, por ser capaz de sonreír.
La luna se ríe de nosotros, señalándonos para que todos puedan ver nuestra decadencia. La muy zorra ni siquiera nos permite el placer de disfrutar de la oscuridad y el anonimato. Sigo escuchándole y lucho por que no me moleste, por soportarlo y no volverme y soltarle una hostia.
Y en esos momentos, como si quisiera hacerme daño, comienza a hablar de ti. Sé que no es su intención, sé que ni siquiera sabe lo que siento por ti, pero aun así cada una de sus palabras se clava como una botella rota en mi garganta, impidiéndome respirar. Me siento con la espalda contra la pared, incapaz de seguir, pero él ni se inmuta. Pasa delante de mi y continúa, hablando ahora de otra que ya no eres tú. Sin ser consciente de lo que ha removido, continúa su camino y pasados unos minutos ni siquiera le oigo.
Ya es esa hora de la noche en la que cualquier vehículo parece un depredador solitario, de modo que cuando veo un coche entrar el la calle me quedo mirando al suelo, inmóvil. Intento pasar desapercibido pero aun así escucho a la perfección como la velocidad se reduce y siento las ruedas parar justo a mi altura. Cierro los ojos, quizá solo quieran matarme y sea rápido y mayormente indoloro, quizá lo merezca, quizá, quizá, quizá… Sin abrir los ojos, solo escuchando el sonido de las pisadas, sé que están andando hacia mi al menos dos personas. Cuando llegan a mi altura, les escucho decir, firme y claramente: “Imbécil.”
Levanto la vista del suelo enseguida, histérico. Es una excusa tan buena como cualquier otra para, por fin, liberar mi ira contra alguien que lo merezca, alguien que me insulta sin conocerme, alguien sin motivos para llamarme imbécil. Sin embargo, la calle está desierta. No hay ningún coche, no hay ninguna pareja, nadie me ha insultado. Me he levantado demasiado deprisa y me mareo. Tengo que dejarme caer contra la pared. Me rasco los ojos con las manos, intentando mantenerlos abiertos e intentando que mi cabeza deje de dar vueltas. Él aparece por la esquina, consciente por fin de que me ha perdido, y me sujeta por los hombros.
—Venga, tío, tengo que llevarte a tu casa,— me dice.
—No. Necesito otro bar,— contesto. —Tengo fantasmas a los que ahogar.
Me pasa la mano por la cintura, para estabilizarme, y empieza a andar en dirección a mi casa, no a un bar. Aunque lo sé, me dejo llevar y le dejo que me guíe, mi ángel guardián protegiéndome de esos fantasmas que deciden insultarme. Miro al lugar donde estaba sentado hasta hace un momento y veo a la pareja de antes, translúcida y levemente brillante, sin ocultar ahora el hecho de que son fantasmas, escribiendo mensajes obscenos en la pared. Miro a mi ángel guardián, que ignora por completo la existencia de mis fantasmas y me mira y sonríe.
Por supuesto, ese es el momento en el que recuerdo lo mucho que le odio y rezo porque finalmente me lleve a un bar.

[ Tags: mujeres, violencia ]
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