Por David el 16 de febrero de 2010
Sus ojos miran por la ventana, hacia el cielo. Poco a poco, me acerco a ella intentando no molestarla, porque parece triste.
—¿Recuerdas cuando éramos niños, en el pueblo? —me dice de repente.
—Claro que sí, —respondo.
—Solíamos salir a ver las estrellas, tú me contabas historias de astronautas y sobre mundos extraños, distintos.
—Bueno, te traje a un mundo extraño al final, ¿no?
Debajo nuestra, separados por diez pisos de cristal y hormigón, la ciudad se ha parado. Nos escucha, porque sabe todo lo que nos debe, porque nos envidia. Cuando estoy lo bastante cerca, pongo mi mano en su cabeza. Se acurruca enseguida, acercándose a mi.
—Aquí no se ven las estrellas, —me dice.
—Aquí no necesito cuentos, mi vida, te tengo a ti.
No dice nada pero gira la cabeza hacia mi pecho y sé que está empezando a llorar. Miro hacia abajo, a la ciudad y con todas mis fuerzas, pido mi último deseo.
Coloco las manos en sus mejillas y con un gesto rápido pero suave, me arrodillo a su lado.
—¿Has apagado la luz? —pregunta.
La beso con delicadeza en los labios mientras sonrío como no he sonreído desde que era niño.
—No, mi vida, —le digo. —Solo he pedido mi deseo por ti. Mira, mira por la ventana.
Y mientras se gira y vuelve a mirar al cielo, yo veo reflejado en sus ojos la oscuridad de la ciudad, envuelta en un apagón general, y el brillo de todas las estrellas del cielo que, de nuevo, han vuelto con nosotros.