Por David el 21 de agosto de 2009
En contra de mi costumbre, hoy presento un relato escrito no por mi, sino por un amigo cercano. Este amigo ha preferido permanecer anónimo aunque me ha dado permiso y de hecho, me ha pedido encarecidamente que lo use.
Aunque lo achaco a su necesidad de publicidad efectista (valga decir que el autor trabaja en marketing), me ha pedido también que incluya los eventos que llevaron a que este texto haya terminado en mis manos. Según él, halló este relato mientras buscaba casas con aspecto derruido o destartaladas para hacer una sesión de fotos de aspecto tétrico. Se hallaba manuscrito, encima de una cama que misteriosamente estaba intacta en una habitación que se encontraba en una casa que había sido pasto de las llamas. Al lado de la cama, tan solo había un espejo cuyo cristal estaba tan ennegrecido por el humo que estaba inservible.
Me comentó que todo el rato que estuvo allí se sintió incapaz de hacer fotos del lugar, ya que sentía una opresión en el pecho que apenas le dejaba respirar. Finalmente abandonó el lugar solo con los papeles y tras leerlos se alegró de haberlo hecho.
Por supuesto, toda su narración, aunque entretenida, ha de ser, por fuerza, fruto de la imaginación. Siempre se ha negado a revelar la dirección de esa mansión derruida y si pudiera, estaría encantado de revelar el nombre del autentico autor que obviamente, no es ese S. B. del final.
Lo primero que me llamó la atención fue que no me enamoré de ella nada más conocerla.
Era perfecta, su sonrisa, su descaro con un desconocido como yo, la manera en la que entrecerraba los ojos con cada carcajada... Cuando me la presentaron lo primero que pude pensar fue voy a quererla tantísimo. Reconozco que me daba algo de miedo. Sin embargo, pese a que cada uno de sus gestos me parecía más encantador que el anterior, algo dentro de mi se negaba a dejarme llevar.
Curiosamente, mis instintos se quejaban más los días de sol, pero lo achaqué a paranoia absurda por mi parte.
La primera vez que quedé con ella a solas recuerdo haber esperado el nerviosismo o la intranquilidad habitual en estos casos, pero nunca llegaron. Todo el día anterior estuve preguntándome por qué no era capaz de sentir nada. Era una chica preciosa y teníamos un nivel de confianza innata que me hacía sentirme cómodo a su lado. Sin embargo el último empujón, la última barrera, estaba ahí, entre ella y yo, sin que hubiera ningún motivo para ella.
Sólo se me ocurre una manera de describirlo. Imagínate estar en un restaurante de lujo, disfrutando con el ambiente, cuando de repente, el mismísimo chef aparece para traerte tu plato favorito, cocinado con los mejores ingredientes que han podido encontrar. La presentación es impecable, solo verlo te hace salivar. El olor te transporta por completo a otro mundo de sensaciones que no podías imaginar que llegarías a sentir. Y de repente, mientras te están sirviendo un vino exquisito, comprendes que no tienes ninguna hambre.
Imagina la frustración de pensar que por tu incapacidad de comer van a terminar devolviendo el plato a la cocina, porque sabes que nunca encontrarás nada más sabroso.
De modo que por eso la seduje. Estaba convencido de que antes o después iba a tener hambre de ella. Era perfecta en todos los sentidos, por lo que ignoré a mis instintos y me obligué a mi mismo a amarla.
Finalmente, tras una cena improvisada en la calle y durante una noche mágica, me acerqué y nos besamos por primera vez. Me pasó las manos por el cuello, abrazándome, y me dijo que tenía miedo, que yo era la primera persona a la que permitía acercarse desde... Le pregunté a que se refería, pues había dejado la frase a medias y su gesto cambió. Me repetía nerviosa que no era nada y yo preferí respetar su intimidad.
Obviamente, en ese momento, culpé al desde de mis dudas. Fuera lo que fuera, debía ser eso lo que me mantenía distanciado emocionalmente de ella. Y ahora que sabía que era algo externo, pensé que podría superarlo. Qué iluso fui.
Pasaron unos días y finalmente la convencí de pasar la noche en mi casa. Todo era perfecto y la noche fue muy bien, divertida, mágica, tierna. Sin embargo, cuando al final estuvimos juntos en la cama, me di cuenta que me estaba costando más de lo que debería el centrarme en ella, el disfrutar el momento. Cada vez que sus manos me acariciaban sentía un escalofrío, como si no las esperase. Sus besos eran como un ensayo para una obra de teatro que nunca llegaría a estrenarse. Me di cuenta de que debía hacer un esfuerzo consciente para mostrarme apasionado. Terminé algo frustrado, pero seguía convencido que esto sería algo temporal.
A la mañana siguiente intenté sorprenderla, entrando al baño mientras ella salía de la ducha. Como una pareja normal, deseaba demostrarle que podíamos darnos ese tipo de alegrías, saludarnos desnudos, como amantes. No obstante, cuando me vio girar el pomo de la puerta del baño reaccionó abalanzándose sobre ella para evitar que pudiera abrirla. Apenas pude verla un par de segundos, pero noté el miedo en sus ojos, estaba aterrada por algún motivo. Creí también ver algo raro en el espejo, pero sorprendido como estaba por la violencia de su respuesta no le presté atención.
Me pidió perdón por su reacción cuando salió y me dijo, con lágrimas en los ojos que creía que sería mejor dejarlo. Intenté convencerla de que se equivocaba, de que podíamos tener un futuro, que la perdonaba y que podíamos hablarlo, pero fue inútil.
No volví a verla durante dos semanas y, para mi propia sorpresa, no me importó. Nuevamente sentí la misma sensación de frustración por ello. ¿Por qué no adoraba a esta muchacha tanto como se merecía? ¿Por qué no podía sencillamente quererla? Cuando por fin nos encontramos, me saludo con un “hola” bastante extraño y no supe que contestarle. No obstante, al cabo de unas horas vi que su sonrisa y sus carcajadas seguían estando allí y que debería aun estar enamorado de ella.
Me decidí a volver a intentarlo y poco a poco me gané su confianza de nuevo. Entonces fue ella quien empezó a confesar que estaba empezando a necesitarme, lo que hizo que mis instintos de protegerla se despertasen. Me convertí en el novio perfecto, todos sus deseos fueron cumplidos, le di la seguridad que necesitaba y la dejé tomar las decisiones excepto cuando eran demasiado complejas para ella.
Entonces, una mañana fría descubrí sus secreto. Me estaba duchando y ella había dejado sus defensas bajas por lo que sin pensarlo entró en el baño para recoger un tarro de aspirinas. Saqué la cabeza por el lado de las cortinas y le sonreí. Me sonrió de vuelta pero justo en ese momento mi cerebro por fin fue capaz de localizar el problema.
Allí estaba ella, sonriendo frente al espejo. Y sola.
Donde debía estar su reflejo, sólo había un espacio vacío.
Me explicó que había perdido su reflejo y gran parte de su sombra dos años antes. Cuando le pregunté si sabía el motivo me dijo que era exactamente el mismo por el que nunca me había invitado a su casa. Mi curiosidad me obligó a seguir preguntando, pero noté que era un tema delicado. Intentaba evitar darme respuestas, pero poco a poco, usando toda la confianza que me había ganado terminé descubriendo la mayor parte de la historia.
Al parecer, había conseguido su casa a través de un familiar excéntrico que murió. Era enorme, de arquitectura y diseño modernista y sólo los muebles costaban suficiente para permitirle vivir el resto de su vida con holgura. Cuando le dieron las llaves recorrió la casa dejando que sus dedos dejasen un rastro en la fina capa de polvo. Adoraba la sensación extraña de su nuevo hogar, rodeada de un lujo decadente y ligeramente escalofriante.
Entonces llegó al dormitorio principal.
Sabía por las cartas de su pariente (creo recordar que era un tío, pero puedo estar equivocado) que esa era la habitación en la que pasaba la mayor parte de su tiempo. Por eso le extrañó que no hubiera ningún escritorio o armario. De hecho, los únicos elementos en la habitación eran una cama enorme y un espejo dañado a los pies de esta. Entró con una sonrisa en los labios y se miró en el espejo. Las estrías plateadas que cubrían el espejo le hicieron gracia y poco a poco acercó una mano a la superficie de este.
Su reflejo acercó las dos manos.
Según me comentó, salió de allí corriendo, al borde de un ataque de histeria, que empeoró cuando intentó lavarse la cara en un bar, convenciéndose a si misma que había sido sólo una alucinación. Fue entonces cuando finalmente descubrió que ya no se reflejaba en ningún espejo.
Tardó un mes en recuperar su ritmo de vida normal y seis en atreverse a volver a la habitación donde todo había pasado y descubrió que en ese espejo aun se podía ver. A veces su mano tardaba un segundo de más en moverse o se veía a si misma parpadear, pero al menos le ayudó a mantenerse cuerda.
Debería haber dejado el tema.
Nunca debería haberle dicho que quería ver el espejo.
Pero lo hice.
Decidí que lo que quiera que fuese que faltaba en nuestra relación debía estar en el espejo, que quizá si conseguía llevarla al lugar donde perdió su reflejo podría llegar a arreglarlo. De modo que le hablé del tema, de mis planes, de que quería ayudarla, pero se negaba a enseñármelo.
Fue entonces cuando finalmente nos condené a los dos y le reconocí que no la amaba.
Le expliqué como siempre había notado esa distancia y como había hecho todo lo posible por simular lo contrario porque sabía, a ciencia cierta, que debía pasar mi vida con ella y quererla para siempre.
Comenzó a llorar y se vino abajo. La sujeté, consolándola y asegurándole que íbamos a tener una vida feliz y plena tan pronto eso estuviera solucionado y no sé si porque me creía o por despecho, aceptó enseñarme el espejo.
Su casa era exactamente como la había descrito, lujosa pero extraña, como si en ella siempre hubiese alguien vigilándote detrás de cada esquina. Cada ruido y cada sombra parecían cobrar vida para atormentarte, siguiéndote justo al límite de tu visión. Ella iba delante mía, no había dicho una palabra desde que la había convencido para traerme. Su rostro estaba triste, pero al mismo tiempo yo creía, o al menos, quería creer que creía ver un leve atisbo de esperanza en sus ojos. Poco a poco recorrió la casa, dejando que sus dedos acariciasen el mobiliario. Pude notar que la capa de polvo que ella había mencionado seguía allí. La seguí, con el corazón palpitándome de manera salvaje según nos acercábamos al dormitorio.
Cuando por fin llegamos a la puerta de nogal, vi que estaba cerrada con llave. Ella, poco a poco y con parsimonia, saco un llavero distinto al que había usado para abrir las puertas de la calle y abrió, tomándose su tiempo. He de reconocer que esperaba sentirme impresionado, pero la distribución de la habitación no daba para mucho. Sin decir una palabra y con cara inexpresiva, se acercó hasta la cama y allí, por fin, vi como su reflejo aparecía en el espejo.
“Esta soy yo completa,” me dijo con una voz tan suave que al principio apenas la escuché. “¿Qué te parezco ahora?”
Se tumbó en la cama. No era capaz de mirarme fijamente y note que estaba llorando. Me acerqué hasta ella y colocándome encima la besé dulcemente en los labios. Estaba temblando e intentaba evitarme. “Yo te amo aun,” me dijo.
Fue entonces cuando, por fin, todos esos sentimientos que tanto había deseado sentir aparecieron de repente. Todo ese amor que no pude sentir arrasó el poco autocontrol que me quedaba.
Me enamoré de ella. Me di cuenta que jamás iba a poder nada como lo que estaba sintiendo en ese momento por nadie. Ella seguía en la cama, creo que lo notó y sospechando que no duraría, decidió aprovecharlo. Esa noche conocí cada centímetro de su piel como si lo descubriera de nuevo. Mis manos la rozaban y jugaban con sus pechos, con sus muslos, con su cadera... Recuerdo el momento en el que ella comenzó a seguirme. Sus manos, poco a poco se acercaron a mi y cuando por fin me sujetaron las mejillas, en lugar de sentir el escalofrío que estaba acostumbrado a sentir cuando me tocaba, sentí que jamás nadie volvería a tocarme así. Cada segundo de esa noche, disfruté como nunca lo había hecho y cada vez que miré sus ojos, decidí que en mi vida iba a mirar otros.
No sé que hora era cuando desperté. Ella seguía durmiendo a mi lado y yo seguía enamorado. La miré en el espejo y pude ver esos minúsculos detalles que las diferenciaban. El ángulo del codo era distinto, una de ellas tenía la pierna algo más levantada... Fue entonces cuando cargándome de valor, miré mi propio reflejo.
Mi reflejo me miró y me sonrió, con la sonrisa que ponía yo cuando me sentía seguro de mi mismo. Me sobresalto un poco pero he de reconocer que me lo esperaba, de modo que no me cogió por sorpresa. No obstante, en ese momento fue cuando finalmente me di cuenta del gran error que había cometido.
Mi reflejo se levantó de la cama y salió de mi rango de visión. Me puse muy nervioso por algún motivo y salí corriendo hacia la puerta, pero descubrí que era imposible abrirla. Fui de vuelta al espejo para intentar modificar mi ángulo de visión y ver si así conseguía saber que pasaba.
De repente, algo me hizo quedarme paralizado de terror. Volví a la puerta y repetí el gesto que había hecho para abrir la puerta y grité, por primera vez en mi vida, grité de terror.
Sin darme cuenta, de manera instintiva, había usado la mano izquierda para intentar abrir la puerta, con la misma naturalidad con la que lo hacía con la derecha normalmente.
Volví corriendo a la cama, donde ella estaba acurrucada, completamente despierta y asustada, supongo que por verme a mi con mi ataque de miedo. Golpeé el espejo esperando romperlo, pero lo único que conseguí fue hacer sangrar mis puños.
Al otro lado del espejo, ella seguía durmiendo plácidamente. A este lado, mi histeria la tenía arrinconada en el cabecero de la cama. Fue ella la que se dio cuenta del cambio en la otra habitación.
“¿No ves la imagen un poco más borrosa?”
Me fijé que efectivamente estaba empezando a enturbiarse la imagen y tardé unos segundos en comprender a que se debía.
“Es humo, la habitación se está llenando de humo.”
Me senté a su lado y la abracé. Curiosamente, estaba más calmada que yo, como si lo hubiera estado esperando. Me pasó la mano por la espalda y me acarició el pelo.
Posiblemente solo hubieran sido unos segundos lo que pasó pero a mi me parecieron horas. Las llamas arrancaron la puerta de la habitación al otro lado del espejo mientras que nosotros, sin poder hacer nada, eramos testigos de como el humo llenaba la habitación.
“¿Sabes?” me dijo. “Sabía que los otros yos son distintos, pero no esperaba que el tuyo fuera un asesino.”
No fui capaz de decir nada. Solo la abracé, llorando sin parar mientras al otro lado se me hacía imposible ver nada. Mi único consuelo es que no llegó a despertarse, de modo que espero que no sufriese pero, mientras las llamas y el humo lamían la única ventana que tenía con mi pasado, noté como entre mis brazos, poco a poco, se iba convirtiendo en cenizas.
No sé cuanto tiempo pasé sin poder reaccionar, esperando finalmente despertar de esta pesadilla, antes de darme cuenta que nunca lo haría. La puerta sigue cerrada, el pomo ni siquiera gira y la ventana me muestra siempre la misma imagen estática. He intentado romperla para salir pero es imposible, como ese espejo que ahora sólo me muestra una habitación en ruinas, donde todo es cenizas.
Hace unos días encontré debajo de la cama un paquete de sobres, folios y plumas que supongo será el que su pariente usaba para enviar esas cartas. Por algún motivo y porque no tengo otra opción, he decidido relatar mi historia. Espero que nunca lo lea nadie, porque eso supondría que han encontrado el espejo, pero si alguien lo hace, al menos quizá sea más inteligente y mejor persona que yo y sea capaz de deshacerse de esta maldición.
S. B.
12/07/2001 (creo).