Por David el 05 de febrero de 2010
La escucho gemir mientras que veo como se arquea su espalda. Las paredes tiemblan con cada movimiento de cadera, con cada empuje, y yo, que soy el único que parece notar el estado de la habitación, me estremezco ligeramente.
Me esfuerzo por moverme al alrededor de la pareja, captando los mejores ángulos, y no dejo de disparar con la cámara. El tipo, cuyo nombre se me escapa, pues ni siquiera es lo bastante inteligente para tener un apodo interesante, me da consejos, como si yo fuese un aficionado. Como buen profesional que soy, le ignoro.
—Procura que se vea bien mi tatuaje— dice.
—¿Qué tal se verán las marcas de mis manos en su culo?
—¿Se nota mucho la diferencia de color entre mi polla y la barriga? Espero no haber usado demasiado bronceador— dice.
Sigo haciendo fotos, intentando no captar la cara de aburrimiento de ella, y escucho la casa quejándose a nuestro alrededor. Ese sonido me resulta real, al menos, no como las quejas del chico o los gemidos de la chica.
Acerco el objetivo a su piel, buscando las cicatrices que conozco tan bien tras tantos años, pero no están ahí. Dejo escapar una sonrisa, pues cada vez es más habitual que no estén y eso me tranquiliza. Lo peor de trabajar en esta industria es que encuentro más y más gente artificial, creados en laboratorios de cirugía estética para cumplir patrones imposibles de belleza. Fotografío los pechos de la chica, mientras él sigue con su movimiento, rítmico pero sin ningún significado, como las peores canciones. Me tomo unos segundos para admirar esa foto y es entonces cuando escucho el crujido.
La pared se desmorona, llenando al chico de cal y yeso. En seguida, una de las cañerías que han quedado libres explota duchando a la pareja. Él sale corriendo de la habitación hacía la sala donde esperan los productores, mientras que ella se queda embobada bajo el agua, incapaz de darse cuenta de lo ocurrido.
En ese mismo momento, mi instinto de fotógrafo se activa y consigo capturarla tres veces antes de que me insulte, me diga que pare y salga corriendo. Otro trozo de techo cae a mi lado y yo, sin dejar de sonreír miro las fotos. La primera la ignoro enseguida, está levemente desenfocada y la chica tiene la boca demasiado abierta. En la segunda, ha cerrado los ojos y está sacudiendo la cabeza, el agua la cubre y aunque es más divertida y tiene algo de fuerza, no me prepara en absoluta para la tercera foto.
En ella, la chica tiene el pelo por la cara y la mirada fija en mi. Sus ojos aun tienen la pasión y el brillo de las mujeres que están siendo amadas, mezclado con la rabia de quien no solo esperaba más de la situación, sino que se ha visto interrumpida. Su cabello mitad negro mitad rojo le cae hasta el hombro, completamente mojado y el agua forma pequeñas gotas sobre su piel cubierta de aceite, sin llegar a resbalar. Sus pechos, naturales, están cubiertos de estas gotas y, gracias a la definición de la cámara, puedo apreciar a la perfección como sus pezones están excitados, quizá por el frío.
Retiro el zoom y vuelvo a fijarme en como me miraba en el instante de la foto. Entonces me hecho a llorar, porque por fin sé que por mucho que me enamore de una imagen, detrás de ella siempre hay personas de verdad.