El mañana

Por David el 12 de febrero de 2010

El científico estaba obsesionado con el futuro, buscando como construir su máquina del tiempo para escapar de una sociedad que no le comprendía. Las mujeres le rechazaban, sus ideas eran ignoradas como locuras, sus teorías como desvaríos y él, convencido de que era un genio, terminó deprimido.
Fue entonces y durante un sueño, como ocurre siempre en estos casos, cuando por fin, descubrió el modo de viajar al futuro. No entraré en detalles, pues ciertos conocimientos solo provocan sufrimiento a la larga, como veremos, pero baste decir que el científico sabía que si realizaba el viaje, sería incapaz de volver.
Dudo durante días. Intentó pedir consejo y solo recibió burlas. Intentó buscar ayuda y solo encontrar trabas. Finalmente, desesperado y dolorido, consiguió emborracharse lo suficiente como para convencerse de que tenía el valor de realizar el viaje. Atravesó el portal que le catapultaría en el tiempo y viajó, viajó de la manera más imposible posible.
Al aterrizar, quizá los miles de años que habían pasado en unos segundos o quizá el whisky que llenaba su estómago, le obligaron a arrodillarse, mareado y desorientado. No pudo evitar vomitar y de ese modo, tardó unos minutos en alzar la vista. A su alrededor, solo se extendía un yermo desolado, un desierto de rocas y polvo rojizo que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Los ojos se le inundaron de lágrimas enseguida, pero las enjuago y se sentó en el suelo, dispuesto a comprender que había hecho mal. Realizó miles de cuentas, usando su dedo como tiza y el polvo del suelo como pizarra. Su mente se concentró tanto en realizar cuentas y en encontrar una respuesta, que no notó como día tras día su cuerpo iba perdiendo fuerza, como iba adelgazando mientras sucumbía a la inanición.
Cuando por fin comprendió que era demasiado tarde, se sentó entre sus cuentas y dejó que sus lágrimas fluyeran. Lloró con tanta fuerza que no escuchó a la hiena que se acercaba hasta que se sentó a su lado. El científico se asustó, pero no tenía siquiera fuerzas para huir. El animal ni siquiera se inmutó, solo le miró, esperando el festín que se daría cuando el otro muriese. Se relamió, sin dejar de mirar al científico, que mientras cerraba creyó escuchar a la hiena decir:
—Tu prisa por el futuro condenó al presente.
Y mientras el científico exhalaba su último respiro, la hiena rió como solo ellas saben hacer.

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