Por David el 27 de octubre de 2009
Se sienta a los pies de mi cama, nervioso. Empieza a hablar esa voz que admiro, dura y llena de contrastes. Una voz que huele a tabaco y a los últimos recuerdos de mi infancia.
Así que quieres una historia inventada, ¿verdad? Bueno, pues resulta que había una vez una princesa que estaba triste. Muchos médicos la visitaron intentando encontrar una cura. Los bufones y actores bromeaban a su alrededor, pero ella no mejoraba. Un día, cansada de no poder sonreír, le dio una patada a la piedra más bonita que jamás ha existido y de debajo de ella apareció un lagarto vestido con todos los colores del arcoíris.
“Puedo concederte un deseo por haberme liberado, princesa triste,” dijo el lagarto.
“No tengo deseos, lagarto. Cada una de mis lágrimas se llevó uno de mis sueños y ya no me queda nada a lo que llamar mío.”
“Entonces te propongo un trato,” dijo el lagarto. “Te concederé mi propio deseo y a cambio, dentro de un año, tú tendrás que concederme un deseo a mi, ¿de acuerdo?”
La princesa asintió con la cabeza, al perder sus sueños también había perdido su capacidad de tomar decisiones.
“Perfecto,” dijo el lagarto. “Entonces a partir de ahora cada persona con la que te cruces te sonreirá de manera sincera y se alegrará de verte.”
Y así pasó. Al principio no lo notó, pero poco a poco cada una de las sonrisas le devolvía una de las lágrimas que había perdido y con ellas, uno a uno, volvieron todos sus sueños.
Un año después la princesa había aprendido a ser feliz de nuevo, cuando el lagarto volvió a aparecer.
“Querido lagarto,” dijo la princesa. “Tu regalo me ha devuelto la felicidad. Gracias a ti puedo sonreír de nuevo. ¿Qué puedo hacer por ti ahora? Quiero compartir contigo esta felicidad.”
“Perfecto,” dijo el lagarto. “Entonces ¿por qué no te vas a tomar por culo y te mueres, pedazo de zorra?”
“¿Qué?” pregunto la princesa.
“Ya me has oído, te cargaste mi puta casa y no quería nada más que vengarme y hacerte sentir como yo me sentía entonces, pero no podía hacerte sufrir si no tenías nada que perder, por eso tuve que hacerte feliz antes de matarte.”
Y entonces hubo un deus ex machina estupendo y todos se amaron porque el narrador descubrió que se le estaba pasando el efecto de sus drogas felices y estaba intentando sobrecompensar el mono de Zoloft que le estaba entrando.
Está temblando cuando termina su historia y me acerco para abrazarle, pero me rechaza con un gesto de la mano.
No, por favor... Sólo... No.
Se levanta y me quedo solo otra vez, luchando para no perder mis sueños y me preocupo, porque me alegra saber que me siento triste y alegrarme me hace ser feliz y si hay algo que no quiero es ser feliz, porque no quiero sufrir.