Por David el 05 de marzo de 2010
Hoy, como en un sueño, he vuelto al día en el que perdimos la Tierra. Solía esperar a Padre a la entrada de nuestra casa, que no era nada más que una caravana a la que habíamos arrancado las ruedas y todo aquello que lo convertía en un vehículo para convertirla en una chabola que nos protegiese de las lluvias ácidas que arrasaban nuestro país.
Padre llegaba cansado siempre. Cada día parecía haber envejecido otro año. La fábrica le exigía diez horas al día y nos lo devolvía sin fuerzas. Cuando la guerra comenzó, nos propusieron participar en un experimento de control emocional. Durante la cena, teníamos que tomar nuestras drogas. Nos ayudaban a olvidar a los muertos, a los enemigos. Nos permitían dormir. Era igual todas las noches, ensalada de patatas con antipsicóticos; pasta con queso acompañada de estabilizantes modales; psicodepresores; relajantes; anestésicos…
El día que perdimos la Tierra, noté que Padre había dejado un surco tras de él en el polvo del camino. Aunque lo limpiábamos cada mañana, por las noches estaba cubierto de ceniza. Las tres ciudades más cercanas a nosotros estaban ardiendo y los vientos llevaban los restos a casa. Esa noche, más cansado que de costumbre, Padre arrastraba los pies. Sentí un escalofrío al pensar en que habría sido esas cenizas antes. Quizá la torre que nos llevaron a ver antes de la guerra, o los restos del parque de atracciones al que fuimos para el séptimo cumpleaños de Carlos. Quizá la niña aquella con la que solía hablar todas las noches, cada uno en nuestro cuarto, hablando en silencio para que nadie nos escuchase. Puedo recordar ese día con más claridad que ningún otro, puedo aun ver cuando cierro los ojos como las botas de padre se volvían grises. Recuerdo incluso que esa noche cenaríamos con un opiáceo levemente alucinógeno, según nuestro calendario y recuerdo que temía que eso me haría quedar como un tonto delante de la chica, por lo que engañé a Madre y evité cenar.
Y entonces, mientras terminábamos de recoger la mesa, sucedió. Sentimos el temblor antes de oír el ruido y salimos corriendo de la caravana. El cielo, que hasta hacía unos momentos seguía siendo gris, se había vuelto loco. Unas nubes negras avanzaban desde la ciudad que teníamos al Sur. Jamás había visto unas nubes moverse tan rápido. Mientras se movían, pude notar que por dentro, las nubes eran de un color rojo intenso, algo que no había visto nunca.
Padre y Madre comenzaron a reír. Carlos lloraba, pero permanecía inmóvil sentado en la puerta y entonces comprendí que no sabían que estaba pasando. Volví a mirar al cielo y noté que el color rojo de las nubes se movía y crepitaba. El cielo estaba ardiendo.
A apenas doscientos metros de donde estábamos, el suelo se hundió de repente. Vimos como un monte entero desaparecía y como un chorro de lava se elevaba. Sentí el calor y empecé a sudar. Corrí hasta Madre y le tiré de las ropas. Recuerdo haber gritado y haberla golpeado de rabia, porque no reaccionaba. Agarré a Carlos y le zarandeé. Teníamos que salir de allí, huir, sencillamente correr, pero no podían. Padre, Madre, Carlos; los tres miraban al cielo y reían o lloraban, convencidos de estar soñando.
Un estruendo enorme me dejo sordo y al girarme, pude ver el monte que había desaparecido suspendido en el aire entre fuego y ceniza. Comenzó a moverse y a mi me dio la sensación que lo estaba haciendo lentamente, pero instintivamente sabía que solo lo sentía así por el enorme tamaño. Caía hacia nosotros. Golpee a Carlos, a Madre, a Padre, pensé que todo acabaría allí, pero decidí correr. La risa de mi padre se tornó carcajadas mientras me alejaba. Noté el impacto tras de mi después de lo que me habían parecido horas, aunque debieron ser segundos. Fui lanzado por los aires y al caer me lastimé el brazo, pero solo corrí, corrí sin saber que delante de mi la situación era la misma.
Durante horas, tuve el infierno sobre mi cabeza y a mis pies. Cuando encontré a los militares que me sacaron de la zona no me explicaron nada, solo me llevaron con ellos. No supe nada mientras nos refugiábamos en lo que parecían bunkers. Solo cuando miré por una escotilla y vi la enorme bola de fuego flotando en el espacio supe que habíamos perdido la Tierra.
Hoy he vuelto a casa y mi hijo me esperaba en la puerta, en la lanzadera a la que le quitamos todo lo que la convertía en un vehículo para convertirla en una chabola. Nuestra comunidad puede florecer y puedo darle un futuro, pero para eso necesito trabajar en ciclos de diez horas y reforzar mi dieta con drogas que me permitan aumentar mi eficiencia. Volvía cansado y arrastrando los pies, dejando un surco en el polvo del camino y mi hijo me ha mirado con tristeza, sin saber porque no puede disfrutar de su padre. Le he mirado a los ojos, buscando esperanza y un futuro, pero en cambio, solo he podido volver al día en que perdimos la Tierra.