Por David el 14 de agosto de 2009
¡Despierta, Deseo, pues ella nos espera!
Sus labios, levemente abiertos, esperan mi beso. Su rostro, brillante, tiembla de anticipación. Su piel, oscura y ligeramente húmeda, se desliza bajo mis dedos mientras la acaricio.
Por eso te pido... No, te imploro, que despiertes, Deseo, que vengas a mi lado y la elevas al paraíso del que escapó. No es por mi, es ella quien te merece, quien debe ser mecida al éxtasis.
Pero no quieres hacerme caso, ¿verdad? Una vez más te escapas como arena de mis manos. Eres una compañera muy cruel, Deseo.
De pronto, entre suspiros, ella me pregunta qué me pasa y yo, jugueteando en mi bolsillo con el pequeño rombo azul le susurro:
“Nada, amor, todo está bien.”