Por David el 24 de julio de 2009
La conocí una tarde soleada. Era el día perfecto para fotografiar esas partes de la ciudad que me encantaban. De modo que acompañado por un amigo recorrimos cientos de kilómetros en metro para encontrar esos lugares que adorabamos y que normalmente solo habíamos visto lloviendo. El sol nos acompañaba y las pocas nubes que cruzaban el cielo tenían la suficiente personalidad para hacer que incluso las fotos de un aficionado como yo fueran preciosas.
Al llegar a casa volqué todo el contenido de mi cámara a mi ordenador y bendije a la tecnología que me permitía hacer cientos de fotos sin preocupación alguna por el coste. Fue entonces, rebuscando para descartar las peores y dejar las interesantes cuando me encontré con unos ojos que me miraban y una sonrisa calculada para hacer que mi corazón suspirase enamorado. La foto estaba echa bajo la torre Eiffel con sus cientos de turistas y supuse que sería solo alguien a quien sin querer, mi cámara había captado en un momento de felicidad. Aparté esa foto con intención de imprimarla y así quedarme para siempre con mi anónima modelo en un rincón de mi cuarto y seguí poco a poco organizando mis fotos.
De repente, en unas escaleras en Montmartre, me volví a enamorar de ella. Sujeta al pasamanos, mirando de nuevo a la cámara y sonriendo, estaba la misma chica. Rescaté la foto anterior y las comparé. En la primera la chica estaba en primer plano, donde solo se veía parte de su hombro y su cabeza. Su cabello caía por su mejilla, pero sin llegar a tapar su sonrisa. Sus ojos estaban entrecerrados pero se notaba a la perfección su oscuro color marrón que contrastaba con la palidez de su cara. En la segunda foto, seguía teniendo los ojos y la sonrisa pero ahora llevaba el pelo recogido. En ambas vestía igual, con una pequeña camiseta azul y un pañuelo de color blanco al cuello.
Me llamó la atención la coincidencia, pero lo achaqué a que se trataría de una turista haciendo el clásico recorrido de París y no volví a pensar en ello durante un par de semanas. No obstante, un día mientras estaba hablando de nuevo con un amigo en el tren a casa, explicándole detalles de la cámara, eché una foto despreocupado al fondo del vagón y allí, dentro de la imagen de mi cámara, clara como el día, estaba la chica sentada cinco asientos a nuestra derecha. Miré enseguida deseando verla cuanto antes, pero tan solo me encontré un asiento vacío.
Nervioso, sabiendo que lo que estaba haciendo era una estupidez, levanté mi cámara en dirección al asiento vacío y volví a disparar y esperé unos segundo a que se crease la imagen. Allí, sonriendo mientras me miraba y levantaba la mano saludándome estaba ella.
Mi reacción inmediata fue soltar la cámara, incapaz de comprender que estaba pasando. Afortunadamente no estaba solo y mi amigo me ayudo a calmarme. No le conté nada, por supuesto, pues me habría tomado por loco, pero al menos el escuchar su voz tranquilizante me sirvió para no intentar salir corriendo del tren en marcha.
Un par de días después me decidí a hacer algunas pruebas al respecto. Un conocido tenía las llaves de un antiguo almacén que llevaba en desuso unos años. Era el lugar perfecto para no ser molestado y fui allí con mi cámara dispuesto a encontrarme con ella. Nada más llegar hice una foto del lugar, donde se apilaba una gran cantidad de mobiliario abandonado. Efectivamente, en cuanto la foto apareció en mi pantalla, la vi con cara preocupada, sentada en un sillón. Saqué el paquete de notas adhesivas que había preparado y escribí rápidamente en una de ellas “¿Quién eres?”. Coloqué la nota en el brazo del sillón y me separé para sacarle una foto. Cuando la foto apareció en mi pantalla ella estaba efectivamente escribiendo en el papel, de modo que me acerqué al sillón vacío y recogí la nota.
Escrito con letra ligeramente torcida y trazos bastante largos, debajo de mi pregunta tenía mi respuesta. “Me llamaban Laura.”
Saqué otra nota adhesiva y escribí “¿Eres un fantasma?” Saqué la foto de nuevo y volví al sillón a leer su respuesta: “No lo sé.”
Algo más tranquilo y hechizado por la magia del momento, seguí charlando con ella de este modo durante horas. Descubrí que ella desconocía el por qué o cuándo empezó a no ser vista por los demás. Siempre había sido tímida, hasta el día que se levantó y fue incapaz de comprar el pan. Tras ello,empezó a vivir como ahora, invisible, secreta. Me confesó que una vez que había superado el pánico inicial comenzó a disfrutar de su anonimato. Se movía entre la gente, les miraba y se reía con ellos sin miedo a ser juzgada. También me dijo que el primer día que la fotografié ella me había estado siguiendo, pero jamás sospechó que pudiera haber salido en mis fotos, por lo que cuando vio mi reacción en el tren se asustó bastante. Poco a poco, con cada nota, mi nerviosismo y mi miedo desaparecieron. No solo era bellísima sino que pronto comprendí que estaba charlando con la mujer de mi vida, una mujer que no existía.
Comenzamos a vernos y hablar de esta manera a menudo. Ella necesitaba un amigo y yo la necesitaba a ella. La fotografiaba siendo feliz, sonriendo, contaba chistes al aire sabiendo que ella los entendería, dejaba notas a mi alrededor con pequeños mensajes de cariño. Un día, le confesé que la deseaba y decidimos intentar llevar nuestra relación un paso más allá. Coloqué mi cámara de fotos al lado de la cama y programé el disparador para tomar fotos cada veinte segundos.
Me tumbé y cerré los ojos, sabíendo que eso era lo más importante. Enseguida noté peso encima mía y sentí un frío aliento en la cara. Suspiré y dejé que la sensación de sentir sus labios sobre los míos me envolviese. Noté como me daban el beso más liviano que jamás había sentido y tuve que esforzarme muchísimo por no abrir los ojos e intentar mirarla. Sus labios comenzaron a moverse por mis mejillas, bajando por mi cuello. De repente unos dedos se apoyaron en mi cadera mientras que el viento sobre mi me volvía loco de pasión.
Nos amamos así durante horas y al terminar, miré las fotos en las que nos veíamos unidos, casi como una pareja normal. Esta vez la escuché suspirar a mi lado y supe que, poco a poco, estábamos rompiendo una barrera.
Pasaron unas semanas y cada día su presencia era más y más real, hasta el día que la vi reflejarse en el espejo mientras me lavaba los dientes. La sensación de volver a verse en movimiento y en algo que no fuera una pantalla nos llenó tanto de alegría que decidimos visitar el lugar donde hablamos por primera vez para celebrarlo con un baile. El almacén apenas había cambiado y nada más llegar, coloqué el reproductor de música que había traído en el suelo.
Me dediqué a hacerle fotos mientras bailaba, aun no podía verla a simple vista, pero en ocasiones mientras se movía, podía notar donde estaba, adivinar su contorno.
De repente, no obstante, una de las fotos llamó mi atención, tras ella, cerca del fondo del almacén, había una sombra extraña. Miré la zona y vi que a simple vista no había nada allí. Debió notar mi cara de preocupación, ya que pude escuchar mi nombre como una pregunta, entre susurros lejanos. Hice otra foto en su dirección y esperé los dos segundos que tardaba en cargar la imagen.
Y allí estaba Laura, mirándome con cara de preocupación mientras que justo detrás de ella otra figura, vestida de negro y con una horrible máscara veneciana tapándole la cara, se encontraba con los brazos levantados, dispuesto a golpearla.
No tuve tiempo de reaccionar antes de escuchar a Laura gritar, más claramente de lo que jamás había escuchado su voz. Era un grito de terror, de miedo e inmediatamente el pánico se apropió de mi. Comencé a llamarla, desesperado, incapaz de sentirla como la había sentido antes. Ya no quedaban susurros, ni movimientos por el rabillo del ojo. Solo silencio, vacío y polvo. Cuando me repuse comencé a sacar cientos de fotos esperando encontrarla, pero no había nada en el almacén salvo lo que ya estaba allí.
Hace ya dos meses de esto y aun no ha habido un solo día en el que no vuelva al almacén a sacar cientos de fotos intentado encontrarla de nuevo. No he contado esto ni he enseñado nuestras fotos a nadie, pero hoy me siento obligado a contar mi historia, pues sé que pronto me va a ocurrir algo.
Supongo que os habrá ocurrido alguna vez, estar algo distraído, con vuestra cámara de fotos sujeta con una mano mientras con la otra hacéis cualquier otra cosa cuando, de repente, el botón aprieta sin querer el disparador y el flash se dispara por accidente, sacando una foto movida, desenfocada y sin ningún tipo de sentido. Eso me ocurrió esta mañana al ir a coger el tren y distraído, sin pensar demasiado en lo que hacía, cogí la cámara con intención de borrar la foto cuando de repente, en una de las puertas que entraban a la estación, noté algo que no debería estar allí.
El tipo de negro, con su máscara, sujetaba un pañuelo de color blanco y miraba fijamente a la cámara y, a través de ella, a mi.