Por David el 29 de mayo de 2009

Me acerqué a ella poco a poco: inmóvil, silenciosa, perfecta. Miré su pecho, hinchándose y vaciándose al ritmo de mis pasos. Me detuve un segundo y la vi guardar el aliento, puse el pie con cuidado de nuevo en el suelo y ella respiró. Me estaba esperando y no la iba a defraudar. Le puse la mano en la mejilla y noté como se aceleró su respiración. La venda que llevaba no me dejaba ver sus ojos, pero aun podía recordarlos con toda claridad: oscuros, brillantes, pasionales. Podía imaginármelos, buscándome desesperados en la eterna oscuridad en la que vivía. Pasé la mano por sus brazos, con la suficiente fuerza para que me notara aun debajo de la camisa de fuerza y podía sentirla respondiendo: indefensa, inmóvil, mía. Sentí como sus músculos se tensaban y como forcejeaba intentando librarse de las cadenas que la mantenían sujeta contra la pared. Miré su cuello y vi su vello erizado: delicado, fascinante, embriagador. La veía temblar, esperando más roce, más contacto: ciega, muda, inmóvil, y comprendí que la necesitaba en ese mismo momento. Le besé en la mejilla y pase mi lengua por su oreja. Le quité la mordaza, con intención de cubrir sus labios con los míos, pero no comprendí que ese sería mi gran error. “Te quiero,” la escuché decir y me di cuenta que eso lo fastidiaría todo.
Foto por Naixa.