Por David el 18 de agosto de 2009
El ruido es como un estallido sónico, diferente a todo lo que he escuchado antes. Mi cabeza gira al ritmo de instrumentos que casi son obras de arte en si mismos. Las luces de colores terminan de darle un ambiente mágico a la pista de baile que en estos momentos me parece inmensa, como una catedral antigua. Quizá solo sean las drogas, pero igualmente me basta un vistazo para enamorarme de ella.
Se me acerca, sensual y tan drogada como yo. "Perfecta," le digo, consciente de que si no me escucha, me leerá los labios. "Bellísima, magistral..."
Me planta el beso más pequeño que me han dado jamás y me susurra al oído: "Y lo bastante drogada para quererte un rato."
Es entonces cuando de golpe pienso en la mañana que se me avecina y en cuanto me arrepentiré de mis decisiones y llorando le digo que no, que no puedo quererla un rato y que la necesito para siempre.
Sonríe y me indica por gestos que no me ha escuchado, de modo que agito mi cabeza a los lados, la cojo por la mano y me la llevo hasta el cuarto de baño, arrepintiéndome de arrepentirme.