Por David el 22 de enero de 2010
Compramos el coche entre todos. Alguno pagó, pero sabíamos que era para los cuatro porque, en aquellos días, todo era para los cuatro. Durante unas semanas, se convirtió en el símbolo de nuestra libertad. Por fin éramos mayores de edad, por fin éramos libres y el coche, de segunda mano, barato y poco fiable, era nuestras alas.
Recuerdo la noche anterior a salir al desierto: Comprar la cerveza esperando que nos pidiesen nuestra documentación para por fin demostrar que podíamos, la decepción cuando no lo hicieron, las excusas a nuestros padres, las llamadas furtivas, las miradas cargadas de significado, las decisiones sobre la música a llevar… A la mañana siguiente dejé que mis manos recorriesen el capó mientras vosotros tres discutíais. Este era nuestro último verano juntos, este iba a ser el viaje en el que nos hiciéramos nuestras promesas, el que recordaríamos toda la vida. Alguno de vosotros me preguntó algo y ni siquiera recuerdo el qué, o que contesté. Solo recuerdo el color azul brillante bajo mis dedos. Solo recuerdo mis alas de segunda mano.
Sé que estaba enamorado de uno de vosotros. No recuerdo cual, porque apenas recuerdo vuestros nombres, solo las promesas, pero sé que alguno de los tres era la persona más importante del mundo para mi. Por eso mismo recuerdo la promesa que quería hacer, el “para siempre” que quería dejar caer. Recuerdo el viaje de ida, tan divertido, tan perfecto. La música había sido la correcta, la cerveza nos supo a gloria, el camino fue tranquilo. El desierto, como siempre, nos maravilló con su dureza, su tamaño y su sonido. El viento nos acompañaba, pero solo era una presencia más, una compañía agradable mientras terminábamos una a una las cervezas y relatábamos nuestros propósitos. No recuerdo vuestras caras, pero recuerdo las promesas. Supongo que a vosotros os pasará lo mismo, el “voy a montar el grupo que os comenté”, el “voy a pedir una subvención para la película”, mi “para siempre” que comenté antes… Sobre todo, del desierto, recuerdo el Sol. La luz, el calor, el ambiente, la manera en la que debía entornar los ojos para no ser deslumbrado. Más que vuestras caras, vuestras voces o vuestros nombres, recuerdo el Sol, el azul del capó, la manera en la que se calentaba la cerveza.
Tardamos horas en darnos cuenta de que esa era nuestra despedida, que cada palabra que decíamos sonaba como un “hasta siempre”, que allí, rodeando al coche, que había sido nuestro último lugar de encuentro, nos estábamos diciendo adiós.
Y por supuesto, recuerdo como el calor destruyó nuestras alas metálicas de cera. La hora en la que sentados dentro del coche intentamos arrancar, intentando volver al mundo real y él no quería dejarnos, no respondía. Comenzasteis a discutir y yo solo miré a mi alrededor, a los kilómetros de nada que nos rodeaban en silencio. Nuestra amistad se rompía a fuerza de acusaciones sobre quien no había revisado bien el aceite o medido la gasolina o otras tonterías. Mientras tanto, yo solo di gracias por poder disfrutar, aunque solo fuera durante la caída, de ese viaje con alas de cera durante unos momentos más.