Por David el 08 de diciembre de 2009
El roce de mis dedos contra su mejilla la hace estremecerse, pero no la despierta. Miro el tatuaje de mis muñecas como si fuera la primera vez que lo veo, siguiendo luego con la mirada mis manos hasta el lugar donde se convierten en su piel, para terminar en sus ojos cerrados. Poco a poco entro en sus sueños, con la práctica que he adquirido en estos años y me busco a mi mismo. Como un espía o un mirón, me meto en la parte de su cerebro que ni siquiera ella conoce, intentando encontrar el más mínimo resquicio de cariño, ya que sé de sobra que no encontraré amor. En cambio, solo veo imágenes desordenadas, ruido y algo que apenas puedo identificar, pero que me asusta.
Es posible que aquellos que nunca han leído una mente no sepan lo caótico que puede resultar intentar leer un sueño. Imaginad un libro con los capítulos desordenados, en el que los personajes cambian de un momento a otro, en el que los escenarios están hechos de nada más que humo y pueden cambiar sin aviso previo. Por eso odio leer sueños, pero tengo que convencerme de que ya no me ama. Tengo que estar seguro de que puedo, por fin, dejarla en paz.
No obstante, vuelvo a revisar sus pensamientos y otra vez más, algo que no consigo identificar me asusta. Un sueño debería ser inconexo, confuso, pero no debería darme miedo. No está teniendo una pesadilla, pero hay algo fuera de lugar, algo que no pertenece a sus sueños. Salgo de su mente y la miro, está sonriendo y yo temblando. Jamás he sentido algo así, me doy cuenta que mis labios están secos, que mi respiración es pesada y que, por la luz que entra por la ventana, han debido pasar varias horas en lugar de los cinco minutos que yo pensaba.
Vacilo unos segundos, consciente de que debería sencillamente salir de aquí, olvidarla y no volver jamás. Joder, eso es lo que debería haber hecho tantos años atrás. Convencido de que no estoy haciendo lo correcto, pero convencido también de que necesito llegar al final, vuelvo a tocar su mejilla y esta vez la conexión es tan instantánea que durante unos minutos una sensación parecida al vértigo se apodera de mi y estoy a punto de perder el control y gritar. Vuelvo a verla, en su sueño, corriendo por un campo lleno de flores y recuerdo que nunca la quise por su originalidad. Busco lo que esté fuera de lugar, lo que no corresponda, y me alejo de ella, intentando profundizar aun más. Estoy acojonado, por supuesto, pero mi curiosidad toma el control y rebusca, levantando cada piedra, moviendo cada nube, hasta que al mover parte de las flores que ella acaba de pisar, veo los alacranes pisoteados. Noto que el color ligeramente marrón que se notaba en el suelo es de cientos de estos animales aplastados, todos con sus cabezas destrozadas y sus colas arrancadas. La vuelvo a mirar y la veo correr sonriendo, feliz como nunca lo estuvo conmigo y ahora veo aquello que me asusto. Sus pies desnudos levantan las escamas de los insectos cada vez que pisa, destrozando a miles, acabando con millones. Y mientras tanto, sonríe con la sonrisa inocente de un niño, con la felicidad de quien sabe que lo que está haciendo es bueno.
Abandono su cabeza y descubro que han debido pasar horas de nuevo. Fuera ya ha salido el sol y ella despertará pronto. Me dirijo a la ventana sin poder quitarme de la cabeza su sonrisa y la inocencia con la que se dejaba llevar, con la que disfrutaba de su peculiar matanza. Miro a la calle, donde no hay aun nadie y sujeto la cuerda para empezar a bajar por fin. Al hacerlo, vuelvo a ver los tatuajes de mi muñeca como si fuera la primera vez que los veo y con delicadeza, recorro el contorno que deja la tinta con los dedos de la mano contraria, desde las pinzas hasta la cola, con su duro aguijón, y recuerdo años atrás como ella me confesaba que los adoraba.