Por David el 09 de agosto de 2011
“Sam'i Allahu liman hamidah, Rabbana wa lakal hamd.”
Como todo buen mantra, esa frase se repite en mi cabeza siempre que no tengo la situación controlada. Ahora mismo, es un buen ejemplo. Abel, mi musa, me repite la situación.
[El dispositivo terminará su cuenta en treinta y cinco segundos, Iqbal.]
—¡Lo sé! ¡La conexión no está respondiendo, son los datos correctos, pero la puerta sigue cerrada!
Abel tiene la irritante manía de constatar lo obvio. Más de una vez me he planteado programarle o comprarle una nueva personalidad, pero he de reconocer que completa una parte de mi que necesito. Se me considera un gran estratega, con un delicado ojo para el detalle, un buen detective de no ser por mi mayor defecto: mi capacidad para ignorar lo que está delante de mis narices.
Miro a mi alrededor, la arena sobre la que se levanta la puerta es rojiza, indicando una gran cantidad de hierro en el suelo. Los cuerpos de mis tres compañeros y el saboteador están en el suelo. Si hubiera sido más rápido, aún seguirían vivos, pero ignoré lo obvio.
[Veinticinco segundos. La puerta parece estar en espera.]
Reviso mentalmente lo ocurrido en los últimos minutos, desde el momento que cruzamos la puerta. Lo primero que vimos, incluso antes de desplegarnos, fue al desconocido. Nadie debería haber usado estas coordenadas antes, pero ahí estaba, delante nuestra. Armado, cubierto por armadura negra, con todos sus registros biométricos encriptados, igual de sorprendido que nosotros, y preparando algún tipo de dispositivo con temporizador.
Y por supuesto, yo ignoré la posibilidad obvia de que fuera un saboteador y pregunté antes de disparar.
Ahora, mis tres compañeros estaban muertos, la puerta estaba cerrada aún y un aparato que Abel me había dejado claro desde un principio que era inhackeable y muy explosivo estaba contando sus últimos veinticinco segundos.
[Quince.]
—¡Abel, como lo último que escuche sea tu voz contando hacia atrás prometo reprogramarte con un martillo.
[Perdón, supuse que querrías estar actualizado de lo que sucede a tu alrededor.]
—No necesito noticias, necesito ideas, algo que me saque de aquí.
[La puerta parece seguir en espera, podría activarse en cualquier momento.]
—Eso no me vale, a no ser que pase en los próximos quince segundos.
[Siete.]
—¡Basta!
Cerré los ojos para pensar un momento, tenía las pilas de mis compañeros y la pila del saboteador anarquista, solo necesitaba un milagro.
—¿Cómo llego el saboteador anarquista aquí?
[Iqbal, aquí no hay anarquistas que conozcamos.]
—¿Qué?
[La armadura del saboteador, está pensada para ocultar por completo su identidad. Eso no es el modus operandi anarquista, sino corporativo.]
Y en ese momento, mientras me maldigo por ignorar de nuevo lo obvio, noto como el pelo de mi nuca se eriza, sintiendo la electricidad estática que indica que la puerta está abierta. Para cuando estoy escuchando el zumbido, mi cuerpo ya está en movimiento y saltando a través de la puerta.
***
Cuando veo que Abel está a mi lado, sé que estoy sufriendo una alucinación. No he sufrido una desde hace tiempo, pero siempre ocurren en situaciones de stress. Tu primer salto, el salto a un mundo desconocido, un salto durante el que suceda cualquier anomalía, un salto mientras los cuerpos de tus tres compañeros muertos y su asesino desaparecen en lo que posiblemente fuera una explosión termonuclear…
Abel me sonríe.
—Estás teniendo una alucinación, —me dice. Su voz siempre me resulta agradable en mis alucinaciones.
—Lo sé, la pregunta es por qué.
—Quizá no quieres ver lo que te espera al otro lado de la puerta.
—¿Qué?
***
Abro los ojos y cuento rápidamente. Al menos seis armas me están apuntando. Quienes las portan son miembros de Direct Action. Reconozco los uniformes y las armas de cuando he trabajado en cualquier puerta corporativa. Me pregunto por un momento si quizá he pasado a una puerta diferente. Las coordenadas que metí eran de la puerta que crucé al principio, pero no sería la primera vez que veo a las coordenadas fallar. No obstante, el techo y la arquitectura del sitio me confirman que he vuelto al lugar donde estaba hace diez minutos. Una voz familiar me ayuda a situarme.
—Lo siento, Iqbal, en cuanto os cerré, se abrió otra conexión y se colaron aquí, —veo a Max sentado en su silla. Está calmado, lo que me hace calmarme. Los mercenarios no están buscando sangre sino algo que podamos darles o ya nos habrían matado. —Y entonces, justo cuando se cierra la suya, se volvió a abrir la tuya… ¿Qué ha pasado?
—Créeme, no quieres saberlo. ¿Qué quieren?
—No me lo han dicho.
Varios de los mercenarios están revisando los controles de la puerta. Noto que son más pequeños que los que llevan las armas. Deben ser hackers encargados de asegurarse que no hay sorpresas. Abel está volviendo y bombardeándome con detalles sobre el clima, nuestra geolocalización y las redes cercanas, por lo que apenas escucho al mercenario que me está hablando.
—¿Qué? —pregunto.
—Necesitamos la pila del operario que encontrasteis tras la puerta.
—Claro, —meto la mano en mi chaqueta lentamente y saco las cuatro pilas, tres de ellas están marcadas con los nombres y las fechas de copia de seguridad de mis compañeros. La cuarta es completamente negra y no tiene ningún símbolo identificativo. Le entrego esta pila a los mercenarios que parecen contentos con el trato. Dejan de apuntarme e incluso me ofrecen una mano para ayudarme a levantarme.
—Sentimos las molestias, —me dice el que ha hablado conmigo. —Os habéis metido entre medias de algo que se os quedaba grande. Espero no haberos asustado demasiado.
—No, —dice Max. —No más de lo habitual.
—Evitad esas coordenadas de salto en un futuro. Están marcadas como extremadamente peligrosas. Desafortunadamente no tuvimos tiempo de avisar con propiedad a las demás puertas.
—Y supongo que forzar a que se abriese nuestra puerta sin permiso no tiene nada que ver con una demostración de fuerza para demostrarnos que sois mucho más machos que nosotros, ¿no? —dice Max. A mi se me erizan los pelos de la nuca de nuevo. Max nunca ha sabido callarse.
—Por supuesto que no, rompimos vuestros códigos hace tiempo, pero no queríamos revelarlo. Esta vez ha sido completamente necesario. Nuevamente sentimos las molestias. DirectAction correrá con los gastos de re-enfundado de vuestros compañeros.
—Gracias, —digo interrumpiendo a Max, quien va a preguntar sobre la procedencia de los cuerpos para el re-enfundado. —Sentimos la confusión y esperamos que no afecte a nuestras relaciones.
El mercenario sonríe y me tiende la mano. Sus hombres están recogiendo sus materiales y abandonando nuestras instalaciones. No puedo evitar fijarme en que esta vez lo hacen por el método tradicional. Mientras me congratulo por haberme fijado en ese detalle, Abel completa su ciclo de arranque.
[Es curioso que las armaduras de estos mercenarios son idénticas a las del asesino.]
Y solo entonces maldigo la educación que he recibido porque, por primera vez en mucho tiempo, siento la necesidad de soltar alguna palabrota.
Ambientado (de nuevo) en el universo de Eclipse Phase.